Aquello que mirabas

Sobre el tronco
tu nuca pálida,
el licor de la luna
serpenteando
tu cara vacilante.
Los cuervos que se alzaban
licuaban tus labios,
batían tu piel,
y quise callarte
descontándote dormida
bajo la ventana abierta de la nada.
Ya sabes que no pude,
y,
ya ves,
que tengo miedo
de que despiertes un sueño
de silencio y distancia
que te respire dormida
besándote despacio.
Miedo,
de que la enredadera de un espejo
te cristalice el corazón,
de que no sepas
que yo te vi brillar
bajo la hiedra herida
del reloj
que devuelve
al pozo helado
tu vacío y tu mirada.

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