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El brusco plomo de la tarde
sobre el fruto herido de la calle
y el aroma parduzco del jazmín
asaltando las venas ateridas
de líquido azabache,
descargando;
sobre las sienes heridas
estas fechas siempre extrañas.

La luz cojea hasta mis ojos,
la superficie tiembla
y no encuentra su horizonte,
semáforo húmedo,
ciudad vacilante
y, de repente,
tus labios en la calle
arrobando las piedras de mi vientre
en la penumbra de un encuentro
en el que solo muestras
las grietas laceradas,
los dedos de un beso.

No sé lamer el inconsciente
tampoco quiero la pasión
de mi oscuridad translucida
que no entiende de nadie,
quiero moldear la sombra de mi alcoba
horadar las uñas de tu rostro
susurrar tu nombre envenenado
y buscarte en las entrañas
de todo aquello que sucede.

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