Primavera

La luz alcanza la pared
a esta hora de la tarde,
debe ser primavera,
otra,
y no es cuestión de calendario,
llega al sacudirte
la nostalgia inasible,
las ralladuras de la piel,
ecos de pisadas,
aroma sin jinetes
directa a las entrañas
barridas y confusas.
Una sensación reciente
de todo
lo alejado,
destellos sin nombres resumibles
ni referentes colgantes.
Algo
trepana los recuerdos
y se oculta para siempre
a punto de nombrarse.
Una barahúnda de brochazos
y lápidas borrosas,
el crisol del viento rebañado,
las promesas florecidas,
y,
de golpe,
el último mes de paro,
la mirada de esa chica
del consum,
los tirantes de las madres primerizas
bajo las nubes blancas,
o el western de la tele del vecino
llegando a mis oídos.
La esperanza y desazón
en un momento.
Primavera,
tu superficie líquida se ondula
cuando mis manos se sumergen
en tu margen,
y yo, con el descuido
pegado a las arterias
ávidas y secas
sin percha ni sombrero
que te prenda.
Así que,
me falta un nombre,
un verbo que consuele,
un tiro que me alcance.
Quiero la materialidad,
el velo de la herida
que desprende tu fuga,
no prometas más,
primavera,
que conozco tus roces en mis vasos,
la embriaguez de tu vidrio esmerilado.

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