Tachadura

Hay que claudicar a la llamada del momento
disolverse en la discontinuidad sobrevenida
que roza los instantes
revocando lo real
con la fría campanada del abismo
acudir a la llamada
que urge a dar salida
a lo hiriente versado en la experiencia
de la soledad atravesada
en cada uno de nosotros.

Hay que dudar nuestra existencia
a lomos de la luz,
verter nuestras tarimas,
hundir las cucharas
en el camino construido
de otros versos sin sentido
que nos muevan
a reinterpretar el pasado,
a escoger otros instantes esenciales
sobre los que construir el bosquejo
identitario de una vida
y observar lo desechado,
lo nunca sucedido,
y arrancarle
un fruto al futuro negado
y saborearlo entre los dientes
hasta hacerlo nuestro para siempre.

La felicidad, al menos en mi caso,
fue eso,
imaginarme extraviado
en un condicional desaforado
de proyectos de uno mismo,
fue observarse
empujando el predicado
hacia los sueños
en la duermevela anhelante
de otra historia
que ya no nos contempla.

Para ello
solo necesitamos
un instante ante el abismo,
un contacto fugaz con lo real,
saber que no somos,
que nunca estuvimos
permite retejer a la ligera
la historia de uno mismo
y flotar desmembrado
al ralente de sucesos cercenados
sin que importe que
la tachadura del mundo
sea la deriva idílica
del otro que nos nombra.

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