Duermevela

Me sorprende la soledad
su raíz incendiaria
prendiendo la negrura de la noche
su boca seca y contraída,
su mueca callada de silencios.
Enciendo la luz;
el futuro era esto,
enturbiarse de saliva,
anegar el presente cenagoso
en una incursión disparatada
contada a un niño
en duermevela.

La bombilla fluctúa insegura
fijándome
en la concreción
de su probable enmarañado,
comienzo a sentir
el cerco agotador de lo posible
pero
aún no,
aún no reconozco del todo
mi cansancio.
La madrugada se despliega
mis brazos raspan
su cal blanca
la respiración entrecortada
las ojeras y el espejo
destroquelándose en mi rostro
caen al suelo azul oceánico del baño.

Vuelvo a la cama.
La pared reseca esparce su planicie
hila un tejido
de arañazos
en la palma
de mis manos.
Ya no dormiré.
El alba
me hallará,
con el pecho
abierto y por partir
de par en par,
desvelado en el hastío,
consumido en las esquinas
de otra noche calcinada.

¿Se encontrarán algún día
estos sueños arrasados
al ardor de otros ojos que los prendan?
Quizás aún esté por llegar
quien los duerma
quien comience a descontarme
desde el peso ardiente de otra sangre.
Puede que sea yo
el transcurrir de
mi propia pesadilla
que cercana a la bahía
se observa confusa,
evaporada,
en el magma identitario
de otro relato que nos duerma.

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