La chica que me gusta

Estoy sentado detrás
de esa chica que me gusta
que bebe cerveza
a un euro
todos los días
en el bar chino de la esquina de mi barrio
sus ojos negros,
grandes,
sus ojos negros,
grandes
y su piel blanca se estiran
en su rostro
y sonríe.

Estoy sentado tras ella,
no sabe que la miro
pero nunca escucho lo que dice
a los demás,
tiene la voz baja, espaciada
dulce y detenida entre el cigarro
y la cerveza de esta calle suburbial
mientras me aferro al tono de su voz
tranquila y mansa
que me disuelve en otros tiempos.

La chica que me gusta
es cálida y ajena
no sé su nombre
y
nunca adivino lo que dice
solo alguna palabra suelta,
pero
viste casi siempre de violeta
y hoy, sin mangas,
desde su boca pausada
los tirantes del sujetador
rojo
nuevo y mate
enturbian su hombro
asoman su cuerpo frío
a un poema desprendido
hasta sus pies recién escritos
y enchanclados.

La chica que me gusta
no lo sabe
me tiene detrás
bebiendo solo
mucho tiempo
“es ya,
ojos bonitos,
la enésima cerveza
a tus espaldas”
le digo,
me digo.

Es verano,
el día se ha hecho largo
la llamo “ojos bonitos”
desde el primer día que la vi,
sus ojos negros
y grandes
que solo son comunes
para el que no sepa mirar
no me miran
ni conocen
mientras pido otra cerveza
y me emborracho cerca de su
espalda larga y escotada.

La mujer no existe,
dijo Lacan,
ni puede ser escuchada
añade la chica que me gusta
desde su larga nuca blanca.

Es verano
y
el día,
es cierto,
se ha hecho largo.

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