El eterno rival

Perdí a los puntos, claramente, asalto tras asalto, pero fuiste tú el que se fue a la lona. El cubo, la esponja, el ansía bordeando el fin de asalto, probaste el sabor a sangre diluida en el agua y las pupilas exprimiéndote la cara sobre el cuerpo. La fisicidad, eso querías, la concreción de una vida. Gong. Sigamos. Esto es una rememoración, el recuerdo de lo extinguido a puñetazos.

Se trata de un combate íntimo entre la lona del insomnio y la vigilia del reflejo. Las cuentas pendientes ponen mi rostro magullado bajo el tenue led del baño, bajo consumo en plena madrugada. Mientras tú vas armado hasta los dientes con todos los posibles de tu lado. Corean tu nombre, proyectos, constructos, un buen puñado de esperanzas bocetadas… Y en la grada todos de tu parte. Me siento forastero de mi carne, trasnochado y extraño entre los míos, como el retorno de un traidor o un fracasado.
Bajo un ambiente hostil y a domicilio, así me gustan los combates. Vuelvo al rincón. Tú sigues golpeando al aire y a la ausencia, con denuedo, sin descanso. Aún no la conoces. Gong. Allá vamos. Otra vez. Siento el odio de mi némesis, el voltaje del derby entre las sienes, la ira y el reproche de mil gargantas ásperas corean un nombre que se despega, que ya no es mío, que no me encarna.
Me gusta pelear contra todos mis posibles que no fueron, que palpitan retándome el presente, más jóvenes, más tontos, pero sobre todo más fuertes. Sin embargo, a mí me sostiene la rutina, este vagar absurdo entre esperanzas y fracasos redoblados. Ecos. Hoy es tu turno y también el mío, en tu mirada centellea un odio que no comprendo. Golpeas, uno… dos… lanzas tus ganchos y directos, las fintas cortas y rápidas que conozco…eres pura pasión, pero tengo el torso apelmazado, el odio malherido, los nervios muertos de insultos y derrotas. Me diste de lleno. Cristales rotos chirrían en mis dientes. Gong. No sé por qué peleo.
No sé por qué en este imaginario de lucha que me asalta cada noche el ensoñado ring que me reclama está siempre cubierto de vapores y nieve, como si la piel de la cancha nos hirviera y subiera roja hasta los guantes y las cuerdas.

La luna y las gradas se sostienen invisibles en el aire. El público desaparece cuando miro, pero lo percibo tumultuoso y desenfocado al ignorarlo. Esas siluetas tan familiares, esas sombras muertas, esos lamentos que pronuncian mi nombre sin decirlo. Cada noche buscan su combate. Cabía tanto odio en tanto amor. Enredado entre sábanas y oscuridad el insomnio corta más que la nostalgia. Ya nada cabe. Solo sudo. Se trata de mantenerse en pie. De ver a través del corte, de la sangre abierta sobre el ojo hinchado, del labio partido. De sobrevivir incomprensiblemente solo y aturdido. De seguir respirando. Mis rivales más acérrimos son los más próximos y se quedaron conmigo, al borde del deseo.

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