Reencuentros

ahí estás,
diez años después,
hablando con tu compañero de piso
y comiendo cuscús vegetariano
de perfil y en el sofá
no sabes aún
que esta
es la última vez que nos vemos,
tampoco te importa.
Tu belleza,
esa que conoces,
está decayendo
mucho,
cumples, en breve,
treinta y ocho años.
A mí no me importa,
estoy preparado para amar
ese primer poso
pero tú, repites plato.
Sí, cuscús,
con pepino, maíz, tomate,
no necesitas nada más
vas a volver ser vegetariana,
aseguras.
Y hablas
y hablas de perfil
y veo ese perfil
tímidamente flácido
su párpado caído,
esa extraña mancha en la piel.
Acéptalo.
No pasa nada.
Yo lo haría si quisieras,
pero hablas y hablas
hasta que te giras
y vuelves a hablarme de imposturas
y de tolerancia multicultural
mientras interrumpes mi primera frase,
soy “mainstream”,
dices.

Te tengo cariño,
pero no podré rescatarte,
estoy en esa edad en la que confundes
mi atenta melancolía
con tu frustración de mujer,
me hablas de igualdad
sin dejar de arreglarte el pelo,
y yo, te escuche o no,
te miro muy atento,
tus labios, la carencia,
la humana ansiedad
de tus palabras
y entre ellas
tu voz
y el tiempo que no quieres aceptar.

No he abierto la boca,
que recuerde,
me llamas machista,
tus manos se mueven
en
el aire
una vena resalta en tu cuello rojo.
Quizás te has dado cuenta de que
aún me acostaría contigo
si quisieras.
Será eso.

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