Cuarenta grados

Me gusta la fiebre
porque abandono
este mundo
desde el fuego
y enloquezco
en la tela disuelta de la carne
y veo
sus pulsos y límites
cubriendo la blanda pared
de la consciencia
y el ansía
y el deseo
descansan
y no soy más
de nostalgias
y de cuerpos.

Me gusta la fiebre
en las arterias
cuarenta grados
a lomos de un caballo
de sueños por herrar
que llora y suda
que cabalga
desbocado
que se acerca
a galope de crin
al corazón
y lo acelera
hacia adelante
olvidando
tus líneas
brillantes y enredadas
que incendian
esta madrugada
de los dos
quemándome contigo
besándote la sangre
como si estuvieras cerca
o lo quisieras.

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