Fuera del tiempo

Ahí vienes,
pasan de las siete
en este atardecer de Octubre
que ya no sospechaba y
que enrojece tu blusa blanca.

Estás a treinta metros,
no quedan muchas ocasiones
ni destellos nuevos
en esta estructura laberíntica
que se nos remienda y pliega en un ovillo,
caminas
entre el ombligo del cuerpo
y su fantasma.

Te acercas,
y tengo
entonces
que aprender,
y nadie nos lo dijo,
a vivir fuera del tiempo
a renunciar a veces a escribir
lo cerca y lejos que has estado.
Sí,
era solo cuestión de tiempo y lumbre
de dejar que la simulación alcanzara
las formas de sentirte
y de callarte ante los ojos
atrincherando la lógica del tiempo,
era solo cuestión
de partir el sentido común y su crueldad
de renunciar a la palabra
que quiere negarte que te quiero.

Y tú
cuando te doy por olvidada,
reapareces.

Te acercas,
estás a quince metros
y quizás
el descubrimiento más hermoso que me has dado
lo será también de todo esto,
aquello por lo que siempre te estaré agradecido
es por aparecer, a veces,
partiéndole la cara a lo imposible,
por eso,
y por
hacerme sentir fuera del tiempo.

Ya estás aquí,
ya vienes.
“Perdona, se me ha hecho tarde”
dices
“¿entramos?”
me preguntas;
yo te miro
sonrío y balbuceo que no importa
que siempre será tarde,
me acerco,
detengo mis labios cerca de los tuyos
tan lejana
y próxima
como has estado siempre.

Para estar cerca de ti
me estás enseñando sin querer
a viajar fuera del tiempo

ni siquiera sabes lo que sabes
fuiste derramada
muy lejos de tu nombre
tengo que conseguir,
cómo sea,
viajar fuera del tiempo
repasar todos tus gestos
alcanzar a ver los meridianos y tramoyas
de tu enorme decorado,
reconocer los puntos de su fuga
sobre el horizonte tendido que proyectas
para abrir las ventanas
que hacen cuerpo
de tu voz y de tus ojos.

Es esta búsqueda insaciable
y sin final
la que nos cita,
es esta soledad atravesada que callamos y
reconocemos
el uno en el otro.
Sí, acércate,
es tu voz a lomos de esos ojos
lo que me desborda, me une y calma

En la sala,
te miro a veces de perfil
furtivamente,
creo que tú lo sabes y concedes,
y yo te hurto
un poco, a mi manera.
Me gusta mirarte cuando miras
robarte
cuando la luz de la pantalla te esmerila
entre penumbras y entre imágenes
que se pegan a tu fuga.

Como Céline
yo solo
quería hacerme cargo de tus pasos,
poco a poco,
a lo largo de este viaje al fin de la noche
y desde el otro lado de la vida.

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