La cómplice

La madrugada se abre y muestra
las fauces de la angustia y de su asedio:
dos hileras negras y aserradas de colmillos
una boca oscura y acechante con los años,
así que hay que luchar
noche a noche
palmo a palmo
hasta hacerla compañera de la tierra
y sonreirle a veces
casi cómplice
como si fuera ese amor
que nunca estuvo
y desesperarla también,
un poco,
con victorias pírricas y efímeras
frente a sus fauces insaciables de futuros.

Y hay que mirarla a los ojos
cuando se pueda
y alzarle la náusea muy despacio
boca a boca a sus pupilas
para ganarse cada día su tregua caprichosa
golpe a golpe
cuerpo a cuerpo
y después,
llamarla a tu lado
por su nombre.
La angustia espera siempre en pie al silencio
y a la flaqueza de las horas
para vaciar de luz a sus probables,
así que
hay que conocerla un poco
y susurrarle
aunque solo sea para verla enfurecer
cuando le arrancas un brillo
y devoras su insomnio tumefacto
otra hora, otro minuto,
otro momento.

De algún modo se lucha
para no cerrar el mundo
todavía
a veces cuerpo a cuerpo
a veces con urgencia
y siempre
terriblemente solos,
tanto que,
hay noches en las que incluso ella misma calla
un rato
y duerme
preguntándose quién eres.

Miradla ahora,
es preciosa
y sin duda única,
dormida bajo su oscuro vestido
la nada tiene la piel blanca
y aún sin saberlo quiere
que el amor que quede en mí se imponga
y nos engañe sin motivo
callándole la falta de futuro
a esas fauces que esperan
tan hambrientas.

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