Promesas del Este

Una y otra vez
una y otra vez
sueños extraños
poblados de nieve
y portales grises
en calles nocturnas bajo cero
de ciudades tan lejanas
que no existen
al tacto de una mujer
de piel blanca
sin rostro
ni pupilas
que me pronuncia
y que no existe.

¿por qué?
¿por qué?
¿son estas las calles
de que hablaste,
es esto la patria del olvido?

y allí entre el frío
y el aliento
el engranaje huesudo
y cuarteado
de la vida
relincha y se astilla
al calor cercano
de sus labios,
como un mecanismo de anticitera
fuera de lugar
junto a su lengua
tan de carne y plumas
antes o después
de algún sitio
donde fuimos.

Tenemos las manos
en los bolsillos
del otro,
tiemblo
como un pájaro ciego,
bajo la luz nacarada
de farolas tenues.

Cuando despierto,
ella tarda en agazaparse
y retirarse
y las entrañas están
de nuevo
abiertas a su voz
y anegadas de hambre
y de posibles.

Después,
queda el aroma,
su abrigo oscuro
de sueños hápticos
y amor rojo
poblado de nieve.
Queda también
por un instante
un eco de piel blanca,
una promesa de nieve
despoblada,
una soledad
sin rostro
ni nombre
que me pronuncia
helada
y que no existe.

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