Cuentos de Invierno

El cercanías se ha detenido
el manto de nieve
se extiende fuera
y el cristal empaña
el páramo plano y frío
de una tarde de noviembre.
Ahora que no hay prisa
por alcanzar el destino
me viene a la mente
no sé por qué
los cuentos que me contaba mi yayo
con las primeras penumbras
de invierno
allá lejos
en los fines de semana
del Cabanyal.

Su voz grave
roída por el tabaco negro
y áspera como la gravilla
era incapaz de adaptarse a la noche
y bajar su tono
narraba a plena luz,
narraba y narraba
hasta que el vecino golpeaba la pared
o la noche nos vencía.

Era su voz rotunda y firme
y desbordante de cariño
y eran sus relatos
de mares y barcos
de asnos y caballos
y de niños que vencían
contra todo pronóstico
y por un momento
a la aplastante carrera de la vida.

Por las mañanas mi yayo
estaba ausente
“no le molestes”
me decía mi yaya
“espera un rato.”
Algo le recorría desde su cigarro
y alcanzaba lo más profundo de sus ojos.
Yo creía,
era solo un niño,
que el culpable de su silencio
era el humo
y trataba de espantarlo con mis dedos.

El cercanías reanuda la marcha
“su billete, por favor”
y el recuerdo
pierde su presente
con la escarcha.

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