A pecho descubierto

Esta mañana, al alba,
sin apartar la mirada del techo
me abrí el pecho sin querer
deslizando sobre él la yema de los dedos.
Se deshizo la carne,
se deshizo la piel
y las manos abrieron el tiempo
donde se derrama
la sangre caliente de la carne
y hurgué confundido
y busqué su latir
entre los dedos ciegos
cuando la mirada se hundió
en el cielo manchado de mi techo.

No había nada
allá donde debía estar el corazón.

Entonces,
entre las costillas y el esternón,
encontré un cuenco de metal abollado
y blando.
Lo sacudí
y algo pequeño se movió allá dentro,
el golpe de un viaje
y una sonrisa
unas notas, un nombre,
un par de tiques,
luces,
y una mirada
que ardió
con aromas
que ya no pude abrir.

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