Alicia en el pantano

Tras el drenaje parcial
los motores persisten
junto al pesado brazo de la grúa
que retira a zarpazos
el lodo y la humedad
de este pantano.

“En un par de días
como mucho la encontraremos”
me dicen
y me miran rostros rubicundos
por no tener lo que hay que tener
para hacer lo que yo hice.
Desde que me acusaron
he encajado puñetazos de hombres
en la sombra
y bofetadas de mujeres histéricas
que lloran
lo que no saben amar durante el día,
pero creedme,
para alcanzar ciertos placeres y juegos con la muerte
es necesario haberla rondado intensamente.

“¡El pantano,
está en el pantano,
allí la encontraréis!”
—os dije—
a vosotros que
pensabais que estas aguas quietas y olvidadas
no eran más que un cúmulo de naturaleza salvaje
que podía ser domesticada con dos órdenes
y algunos chubasqueros
como si de un alma humana se tratara.

Y aquí estamos,
el gran despliegue solidario continúa
los brazos mecánicos cavan y cavan
sin descanso
rebuscan
en el pequeño pantano.
Pero habéis encontrado más,
mucho más lodo y corriente
de los que esperabais tener que manejar:
“La incomodidad ha llegado, caballeros”
y claro,
se os resiste,
queríais recuperar muy pronto de su lecho
la perla que quise devolverle.

El barro y el lodo se espesan
la superficie de la naturaleza es resbaladiza
y no sabe de deseos
y las pesadas excavadoras son engullidas
en los bordes blandos del pantano
su tierra se entrelaza y disuelve capa a capa
con matices térreos
como si la atmósfera sin suelo de Júpiter
quisiera hacer pie aquí abajo
entre nosotros
para llevarse los pájaros
que trinan cerca
en plena lluvia
bajo casi otra tormenta.
Porque ahora llueve
otra vez
y es casi otra tormenta
y el avance es lento
y las maquinarias persisten
y rugen y chapotean
como elefantes hundidos
en las arenas blandas de Noviembre.

¿Por qué buscáis con tanto empeño?
deberíais estarme agradecidos
por romper lo cotidiano
y recordaros lo real del otro y de la muerte
que espera
en cada uno
de nosotros.
Ahora solo queréis reducir el sacrificio a su más puro cadáver
necesitáis tocar y ver
lo que ya no es
¿qué importa ahora el cuerpo de esa niña?
no podemos encontrar ya nada
de ella
buscáis huellas
como si todo tuviera un lugar donde encontrarse.

Pero la tierra se hunde y regenera
más y más,
se resiste
a desnudaros sus entrañas,
y a cada zarpazo el suelo se derrama
anegado y blando
como la barba de un padre que protege
su nueva carne que ha llegado.
De todo esto ya solo importa
que hayáis aprendido
a ver cómo se ahoga de golpe entre los dedos
la inocencia
mientras se le estrangulan las cosas y la vida.

No lo veis,
vosotros no lo veis
porque no miráis con los ojos el horizonte de la tierra
que une al tiempo lo terrible
y no miráis
ni reconocéis otros signos que los vuestros.
Mirad,
ahí están,
colgadas de la tercera rama seca junto a un nido
las bragas de esa niña
anudadas para que retuvieran lo que pudieran su último calor
ya casi de mujer,
es evidente
pero no las veis
y no solo porque están ahí
sino porque además
señalan justo el lugar
donde la sumergí.

Ahora que ya es tarde
os empeñáis
en buscarle al pantano su fruto más valioso.

La niña
tendrá un pañuelo
granate y estampado
de flores blancas
pegado a la garganta.

Se llamaba Alicia.
La he salvado.
Vivía perdida
y con hambre
en las afueras.

Ahora al fin
la conocéis.

¿Queréis saber lo último que dijo,
queréis saber su última palabra
la que se perdió proyectada
sobre la imagen fija de sus ojos?

Ese es el fruto que os robé,
ese es el que no tendréis nunca.
Buscad,
buscad,
como mucho hallaréis el cuerpo
y enterraréis de nuevo
el fruto seco
de todos sus posibles
que yo hice semilla
bajo el agua.

Deméter

Pronto,
que venga pronto el oleaje
que se parta el mar entre sus crestas
hoy hemos ahorcado al último fantasma
hoy hemos enterrado la ilusión sobre las aguas
y no soporto sentir en los labios
su melaza de salitre, sangre y mar muy brava

pronto,
que cambie pronto el cielo a herrumbre y a violetas
que cambie pronto el viento
que se estiren las nubes
que se cierre la noche,
estoy listo,
la cubierta de este barco está vacía
y su carnaza desgarrada,
hoy hemos ahorcado al último fantasma.

Capitanearemos este barco
me haré cargo,
lo juro,
navegaremos la noche con ansía
desplegaremos en ella las velas
crepitaremos como una llama inextinguible
sobre el agua y las tormentas,
lo surcaremos todo,
la piel, la tierra, los cuerpos, la luna y el cielo
hasta borrar del todo su recuerdo,
navegaremos ciegos
como lobos hambrientos de otras voces
nos esconderemos
y dormiremos de día en la bodega
descansaremos ante el sol
y haremos tumba de su luz
y noche de su vida
soltaremos ancla
callaremos
esperaremos a la noche
y entonces,
solo entonces,
bajaremos a la tierra
olfatearemos el miedo
sembraremos el pánico
renovaremos en sus puertos el deseo
querremos de nuevo esa melaza de sangre y de cariño
que tanto nos repugna,
nos querrán,
y tras el éxtasis haremos nuevas voluntades
nuevas carnes y fantasmas
nuevas fuerzas
renovaremos los nombres
luciremos los colmillos lujuriosos,
miraremos
otra vez
con ojos claros.

Eso

No sé por qué
he soñado hasta catorce veces
con este atolón
recorro su costa y ni un alma
solo mis pies, la arena volcánica, el océano y el cielo
el sol anaranjado detrás de las palmeras

la brisa alcanza finalmente la tormenta
no sé qué edad tengo
el fuego escupe y prende las rocas y el aire
de repente no recuerdo ni mi nombre ni mi voz
el cuerpo ha desaparecido
la visión se ha estirado
la conciencia se divide y multiplica
podría ser cualquier cosa
que pudiera suceder

la tierra tiembla
estallan los volcanes
una sombra se oculta
un borrador prehumano y deforme
se desliza lejos a mi espalda
y huye
entonces
un sonido horrible
de algo inconcebible
omnipresente y eterno
ni vivo ni muerto
desgarra el tiempo y sus costuras
anidando
en el último rincón
del corazón del hombre que vendrá

el mar retrocede y rezuma
sobre un nuevo abismo
que une las cosas que nombramos

no debería estar aquí
algo me ha visto
y
sea lo que sea
me ha encontrado

el sueño se repite
despertar no es despertar
la realidad es solo un rastro que delata
nuestra posición en el tiempo de este lado
algo hambriento husmea mi rastro
y quiere saciarse
y viaja incansable a través de los eones

“eso” está a punto de alcanzarnos.

El castillo colmena

Doce puertas
en el castillo colmena
alzándose
solemne y derruido
en la cima desgarbada
de este monte.
Todavía queda algo
de su magia maldita
en esta tierra
y aún se percibe
su insaciable hambre
de tristezas
en las noches deslunadas
que despegan
las almas yacentes
de la tierra.

El castillo colmena
de las doce
puertas
es ya muy viejo
y dibuja ahora su fachada
dejando entrever la antesala
sin suelo de sus tiempos.

La habitación primera
absorbió a un niño
que enloqueció años después
al recordarla,
otra
dejó pasar
una alimaña
que bebió
los fetos
de mujeres
hasta ahogarlas,
otra mostró algo
innominable que dejó
a tu dios temblando
lejos de la angustia
de los hombres.

Esa que ves ahí,
la que aún tiene
un pedazo de puerta
rota
en su bisagras
era la favorita de la vieja,
de su viga
se ahorcaron
dos personas
con el mismo vestido
y misma pena
que volvieron después
desde la tumba
con la sonrisa
amplia y dentada
con los ojos fijos
muy abiertos
para habitar
un tiempo
de silencio
entre nosotros.

Doce huecos tiene
ahora por puertas
el castillo colmena
que se alza solemne
y derruido
en la cima desgarbada
de este monte,
yo
te hablaré de todas ellas
cuando vuelvas
por una de sus puertas
a esta tierra.

Mira la luna
como calla
cuando rebasa
su grandísima muralla.

Intrusos

toda esa locura rugiente del pasillo
arriba y abajo
a las tres y veinte de la madrugada
esas voces sin cuerpo ni tiempo
que recorren
sus memorias extinguidas
cada noche
esas manchas trasnochadas
más allá de la palabra y del insomnio
que se agolpan en el aire
que persiguen
las ansías de un cuerpo que las calme
se acercan a mí
vienen rotas
y ocultas
cuando duermo
toman aromas ya perdidas
y fragmentos
vierten sombras y
disfraces
en mis sueños
buscando
los golpes de la carne
y el deseo.

Ayer acaricié una voz
también la quise
y le di forma
pude oírla respirar
cerca de mí,
el pasillo es largo
la noche se curva
y al fin
parece eterna.

Casa quemada

Arranqué el coche
y regresé,
tuve que hacerlo.

Ayer vi arder la casa de la colina,
estalló de repente ante mis ojos
después de tantos años
la mordieron sus llamas desde dentro
a través de los escombros y ruinas
apresadas como venas en la noche,
la encontré entre sendas y malezas
secas
desmapada del recuerdo y de la vista,
esa fue la casa abandonada
donde pasamos la última infancia
la colina y el verano
el sol y el agosto
las moscas quiméricas y negras
zumbado en las siestas de los viejos
en sus descansos pegajosos
que tanto odiábamos,
huíamos a esa hora
a pleno sol
desbocando la energía inagotable
con la mirada nueva del lagarto
las sierras de la espiga en los talones
rodillas y costras
sangre seca
en pantalones cortos de piscina
todo detenía
el poniente invertebrado de la luz
sobre maderas y muebles viejos
que subían de la higuera seca
a la ventana.
Todo seguía allí en plena noche,
pero también vi,
justo antes de arder ante mis ojos
a aquel horrible hombre cubo
arrancado de otra esfera
que apareció un día
cerca de la casa
ahogándose en su rostro.

Quería decírtelo,
¿te acuerdas?
cuando el calor no importaba
y las chicharras ladraban
al horizonte abierto e incansable,
¿qué seremos? me decías
lo que quieras, te decía.
Y un día
apareció, eso.

Hoy ha estallado la casa de la colina
el hombre cubista miraba
desde dentro,
las llamas finalmente los envolvieron
de vuelta al reverso de su mundo
donde tú y yo aún esperamos
sentados
entre la vieja higuera y la ventana.

Arranqué el coche
y regrese,
tuve que hacerlo.

Kangaspuut

Trac, trac,
trac, trac,
será mejor que me largue
y pronto
de aquí.
Quedan doce días
tiempo suficiente para comprobar
si esto es un reto o un asalto
de lo real a la cordura
que pueda ser dejado atrás
o una amenaza de ultratumba
que me arrastre a los infiernos.
El caso es cierto
y pertenece a la vigilia
de mi verdad,
o eso creo.
Estoy lejos de casa
y cerca del círculo polar
acepté venir a aquí,
ya sabéis,
uno de esos lugares accidentales
y abandonados
que jamás visitarías,
una invitación
otras costumbres
de gente de piel blanca
y mirada gélida inquietante
cerca del círculo polar del planeta,
trac, trac,
trac, trac,
¿escucháis?

Aquí en diciembre es noche eterna
y esto es apenas una aldea
con un lago a las afueras
un cementerio bicolor
cerca del bosque
con el irreal matiz
de sus muertos hundidos
bajo letras doradas
de mármol negro y vertical
recubiertas por la nieve
a los pies de una iglesia
del siglo dieciocho.
Y, por supuesto,
un par de supermercados del siglo veintiuno.
Así que por qué no,
esto es justo lo que necesita
un parado de larga duración
del sur de Europa
como yo,
claro que sí.

Todo empezó pronto a ir mal
algo indetectable infestaba el ambiente
era la nieve,
cierto tipo de nieve,
puede que no me creáis
pero gracias a ella
descubrí que mi sensibilidad
era, por desgracia, de carácter delirante
y naturaleza diferente
de la que creía moldear en las palabras.

¿Locura?
ojala
¿eso creéis?
atendedme antes
¿habéis escuchado antes a un loco
desear vuestra cordura a costa
de la realidad impenetrable de su mundo?
porque la realidad de un loco es tan real
como la vuestra
pero más angustiosa, extrema
y solitaria.

Llegamos a Finlandia
a una casa que el ayuntamiento de Sysmä
había cedido
trac, trac
trac, trac,
una residencia internacional de escritores
un mes de estancia
para tres personas incluyéndome.
Nos encontramos allí sin conocernos
y abrimos
el libro de visitas,
incomprensiblemente antiguo
su cubierta era dura,
de cuero reseco,
comprobamos entonces
que éramos
los primeros extranjeros,
nos pareció curioso entonces
las páginas apergaminadas
aparecían rellenas de
largas dedicatorias y firmas a pie de página
algún dibujo extraño y casi cabalístico
y en las primeras los nombres de los residentes,
al lado su ciudad de origen
Vantaa, Rovaniemi, Jyväskylä,
Lahti, Normes, Kittilä,
y, tras páginas arrancadas,
unas fechas tan antiguas
que tenían que ser broma.

Poco después
encadenamos ya los primeros días sin luz
y empecé a despertarme en plena noche
trac, trac,
trac, trac,
o al menos en aquella parte de ella
en que se duerme,
y esas presencias
poco a poco fueron tomando cuerpo…
trac, trac
trac, trac
pero debo intentar ser ordenado,
ordenado
una narración lógica
y coherente
es siempre síntoma de cordura,
o cederéis a una conclusión precipitada y razonable
sobre mí,
así que orden
y
así,
os digo que
antes de todo ello
a nuestra llegada
precedida por la nieve
la vieja encargada de la casa
nos enseñó el pueblo
al recibirnos,
y cuando la visita parecía ya acabada
su ojos rebasaron el horizonte
y se detuvo, perdiéndose allá lejos,
cogió un puñado de barro del suelo
lo mordió, os lo juro, con deleite,
dijo después algo en su lengua:
“Kangaspuut”
y justo antes de ver sus dientes puntiagudos
abrirse bajo la nieve repentina
pude sentir por primera vez el secreto y
el espanto de aquel lugar bajo su cielo.
“Al telar,
vayamos ya al telar…”
dijo en un inglés cortado a golpes
entre el vaho y el aire
de aquella horrible dentadura
respondiendo a alguien invisible.

Y fuimos,
fuimos
al telar,
al “Kangaspuut”
donde ancianas muy viejas
desdentadas
y casi ciegas
casi muertas y arrugadas
tejían
a golpes duros y continuos de pedales
en ruidosas maquinas de madera
del siglo pasado
tradicionales alfombras hechas con
ovillos de una siniestra tela desusada
blanda al tacto.
y tejían,
y tejían
trac, trac
trac, trac.
Esa noche os digo
empezaron a entretejer también
algo inacabado y sin amanecer
en mi cabeza,
han encerrado algo de este lugar
bajo la oscura y seca cáscara
del cráneo.

Empecé a sentir
entre las noches
presencias oscilantes
que se movían en el vacío de la casa,
vibraciones de pasos sobre la madera
humedad de huellas en el aire,
algo, había algo allí, que sin tomar forma
todavía,
avanzaba cada noche,
y de fondo,
muy lejano,
escuchaba
el tricotar incansable del telar.
El trac, trac
del telar
el trac, trac
inagotable
enloquecedor
de esas brujas moribundas
tejiendo y dando forma
a sus visiones
poco a poco
en la casa y en mi noche.

Mis compañeros de residencia permanecían ajenos a todo,
divertidos al principio,
achacaron a lo que llamaron, entre risas, mi delirio
a falta de luz solar
a su ansiedad transitoria.
Un leve trastorno, dijeron,
de aclimatación,
¿sí?
el telar no cesaba ni en mi cabeza
ni en las noches,
y repetía
y repetía su sonido incesante,
en esa casa había algo creciendo
cerca de nosotros.
Raúl, en concreto
pasados unos días y por confianza
fue más duro con el borrador de mis sospechas,
chaladuras, buen material para un cuento
pero poco más y, desde luego,
alejado de la realidad de este pueblo
acogedor,
que me relajara,
que disfrutara.
Elena permanecía en la escritura de sus futuros
de ciencia ficción desarrollados entre Venus y mercurio
y miraba crecer mis nervios con esa indiferencia caprichosa
de mujer ceñida a otros objetivos y rutinas.

Trac, trac
trac, trac
la noche se tejía
entintaba de nieve
las letras doradas
los nombres de los muertos
su inermidad esculpida
en mármol negro
trac, trac
trac, trac
había, ¿era yo solo quién lo veía?
una húmeda comunión entre
los huesos del cementerio
la nieve susurrante
y el líquido del lago,
acaso
¿estaba en mi cabeza?
el tejer del telar
a todas horas
las páginas arrancadas
el trac, trac incesante
hilando la corporeidad
de los fantasmas vagantes
de la casa
noche
tras
noche
trac, trac,
trac, trac.

Sé que no volveré
y quedaré atrapado en esta tela
¿acaso regresaron Raúl y Elena?
no, sé que no,
ellos mismos me lo niegan
“yo ya me he ido”
me dice Raúl cuando le veo
desplazarse afónico y casi transparente
a través de las paredes
de la casa
“yo no estoy aquí”
me dijo ayer Elena
plantada
en contrapicado
abajo,
detenida
al pie de la escalera.
La noche no cesa
el frío continúa
la nieve golpea las ventanas,
sé que estoy solo,
han traído dos alfombras
nuevas del telar
a la casa,
que las deje pasar la noche
envueltas en su barro
me dice
el trac, trac
de ese hilar maldito de las brujas
al tricotar de sus pedales.
Por dios,
decidme que estoy loco
ayer noche vi formarse
en la oscuridad de mi cuarto
ojos aguados y dorados
observándome fijos en el aire
con el odio ansioso de los muertos,
luego vi sus dientes afilados
trac, trac
trac, trac
definiéndose a pedales y dentelladas
haciéndose precisos,
se están, os digo,
hilando sus cuerpos en el aire
trac, trac
trac, trac,
no puedo huir,
empiezo a estar convencido
de que también me he ido,
ayer me encontré tendido en la cama
paralizado
y en el aire
trac, trac,
trac, trac
esas viejas entraron en el aire
a tomarme las medidas,
algunas mordieron con sus dientes afilados
mis muñecas, las plantas de mis pies,
chuparon,
otras embadurnaron mis ojos con su barro
una sostenía el libro de visitas
leyéndolo en alto
bajo la llama exigua de las velas.
¿Lo soñé?
¿estoy soñando ahora en esta noche?
esta quietud
esta paz
¿ha pasado todo?
no escucho ya el “kangaspuut”
he dormido al fin unas horas
pero…
me he despertado
¿o sigo dormido?
doce días,
tengo que salir de aquí
ese murmullo que oigo
eso que escucho y crece
trac, pom
pom, trac,
¿es el telar o mi latir?
lo que veo ahora alargarse
huyendo a través de las muñecas
¿es vapor blando o la carne de mi cuerpo ovillándose en el aire?