Astronauta en tierra

Un astronauta de humor vítreo
y superficies desplazadas
se repliega
para viajar en lo real sin referencias.

El gas desprendido de una bombilla rota,
por ejemplo,
trasladó ayer Hiperión
al plafón fundido de mi cuarto
y antes de dormir vi
los matices de ese argón encapsulado
convertido en óleo de Saturno.
Otra noche,
siendo niño
en un verano
también y de repente
una pared fue superficie lunar
toqué su gris perlado
vi en el gotelé las sombras de sus rocas,
la Luna
ventana abierta
estaba fragmentada en la pared
y mis yemas índice y corazón
se habían posado sobre ella

El espacio está plegado
dentro de las cosas,
ahí fuera
dedos y ojos son lo mismo,
astronautas y buzos en lo otro
carne y escafandras del deseo
que incorpora todo lo que toca

Lanzamiento
búsqueda
contacto
hiperestesia elíptica
más allá de Hiperión, luna de Saturno,
la tierra lunar de mi pared,
tu tierra
exploraciones cotidianas
colonizaciones fugaces
los ojos que tocan
que tiemblan
luz y analogías en abismo
que salen de su eclipse de repente.

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Oscilados

la vida
se despliega en nueve ríos,
caudal blando
orillando el vientre
a lo esfumado.

tarde infernal de septiembre
un bar a las ocho.

el día
se consume y acumula
y entre la cortina inesperada
de la lluvia
el sol retumba.
prefiero
las aguas y el cauce,
la humedad infantil de las paredes
mientras apuro el trago
mojándome en la calle.

la lluvia resiste
a través del fuego
estirándose
avenida abajo
huele de golpe
a jazmín y a verano.

pido otra cerveza
calado de desorientación
y rumores
que filtran la mirada
a lo esfumado
de este atardecer
calle abajo
en la avenida,
marrón oscuro
calle abajo
en tus pupilas
manchándome las cuencas
y pensando en escribir algo
que permita maldormir
a la conciencia.

aquí está,
mucho tiempo después
tu serosa yema
que te entierra y desentierra
a golpes de barro y rescoldos
que se oscila solitaria y bípeda
en un hombre
a manos rotas
que palpita
sutura y mira
sobre la tierra yerma de los vivos.

lombrices

tengo lombrices hundidas
entre la carne y la arena
pequeños hoyos
nidos y orificios
sembrándome de larvas
y agujerándome por dentro.
estas lombrices blancas
escarban por dentro
y vacían,
y buscan.

aparecen cuando hay
baja exposición,
no hay cura,
pero esté tranquilo- me dice el doctor-
se trata de una muerte muy lenta
tardarían
unos doscientos años
cualquier otra llegará antes.

pero las he visto,
filamentos dentudos
delgados e insaciables
desbordando las arterias
confundiéndose con ellas
bebiéndose mi sangre
susurran y oscilan
una lengua muy extraña
hablan de sus cosas
capilares cuerpo abajo
de mi cuerpo nutrido
del hambre y de los tiempos
de carótidas ventadas
de vasos y hemorragias
de atajos y tristeza
de pulso y recorridos
de mi sangre tan oscura.
he cedido a su lucha
me han erigido un altar
destrozado el hígado
y la córnea
bebido el vaho de mis pupilas
comido la lengua
talado los dientes
y envuelto el corazón
que las bombea.

me culparon de su desgracia
de no encontrar una salida
y escarbaron
tanto
tan desesperadamente
sedientas
locas
ansiosas
ciegas

que te encontraron

sobre la cubierta
un esqueleto roído
una bandera rota
cabellera, sal y algas
un mástil partido en la cubierta.

dudaron si devorarte o besarte
aullar o lamer
vaciar de voz al verbo
sangre o fregadero.

cuando el mar rompía
a pedradas las pupilas
y la sed era insaciable
me negaste una palabra
donde ahogarnos.

Trenes de largo recorrido

Cae la piel como una máscara
el cuero enrarecido del agosto
empina las calles
hasta que el sol resbala
y se inclina a las ocho de la tarde
por pellejos húmedos
por cajeros sellados
por el ojo izquierdo y sin pupila
de un husky siberiano
su dueño, la correa y la basura
envuelta en otra bolsa gris con autocierre,
mientras, disculpadme,
pienso en trenes viejos de largo recorrido.

Verano abotargado
ensoñación hervida a pleno sol
vagar tostado y delirante de quien observa
la ciudad al resol agrietado por la fiebre
las ojeras de los muertos
las juntas del castillo
los archipiélagos en fuga
la perdurada arquitectura de la brecha.
mitad fantasma,
mitad tierra.

Un galgo de tres patas
tullido hasta el tronco
camina a saltos de muñón
su dueña recoge las cagadas
en una bolsa blanca
estampada con pequeños corazones rojos, con autocierre,
mientras, disculpadme,
pienso en trenes viejos de largo recorrido,
atravesando Finlandia y Francia, Polonia y Portugal
en apenas tres paradas
conmigo dentro
el cuero roto de sus asientos
sus quejas oscilantes
el mullido rumoroso
de sus cristales cansados
en el transiberiano
en railes pulidos
en tendidos eléctricos
en piernas de mujer
en tumbas de neón
sobre césped repelado.

Nueces

Saboreo un puñado de nueces
He despertado tranquilo
el desvelo agotó la angustia y el ansía del adulto.
Reconforta este remanso inesperado
es casi una victoria frente al mundo
sonrío, debo tener, ahora, un poco del rostro de los viejos
y una llama gris en la mirada
no sé lo que durará en la ciudad
este puñado de nueces en mis manos
y este rocío de amanecer estival
que casi me olvidan de mi mismo.
Podría ser cualquiera,
podría no recordar la línea de mi vida
incluso podría verte allá lejos, apoyada
joven y triste en tu ventana alquilada.
Huele a promesas repetidas
a otro día de verdad,
llega otro verano.

Yo entonces partía nueces con mi padre
y las separábamos de la corteza y del ruido
aquel agosto juntos
tórrido, eterno, inhóspito y cruel
mirándonos ambos a los ojos sin saber decir muy bien qué.
Me impresionaban las manos curtidas en venas de mi padre
me parecían capaces de todo
de tronchar el infortunio
de desnucar todos los miedos
de conseguir alzarme a hombros
y devolvernos lo robado.

No sabemos qué momentos se quedarán
pegados a nosotros.
Ahora tengo su edad de aquel verano
pero no aquellas manos
tampoco las suyas son ya fuertes.
Mi padre y yo partíamos nueces
las mañanas de aquel agosto
en que nos quedamos solos,
sentados bajo la parra y las uvas
entre aquel crujido de cáscaras
espigábamos los frutos
y separábamos las nueces,
había que aplicar la fuerza justa
sin hablar de lo importante.
Hacíamos algo mejor,
callarnos, reconocernos.
Mi hermano dormía,
mi hermana dormía,
y eran niños
en plena ola de calor y de cigarras.

En aquel verano cruel
vi temblar en silencio las manos de mi padre
supe entonces que algún día tendría sus años
jamás sus manos y solo,
a veces, las nueces que anticipan el dolor
reposado de los largos días del verano
pegadas a la piel y a la garganta.

Farolas

El brillo seco de la luz
cae adoquinado
apenas se alza
de la pesada hinchazón del presente
asfalto y ciudad
silencio y paro.
La lluvia gorgotea en cascada
por los canales remendados,
cae,
murmura oxidada,
a los pies de casas viejas
de dos plantas.
Las farolas anochecidas
repelan la luz a tientas
no logran voltear hacia la luna
ningún mar enajenado
aunque, sí,
su vapor forma algunos sueños
abandera también a algún dormido
sacude de nombres al insomne
en la negra mazmorra de la noche.

La vida se despliega
¿Cómo no tener la mirada
anclada al alma
y revuelta agonizante
en sus estribos?

La chica que me gusta

Estoy sentado detrás
de esa chica que me gusta
que bebe cerveza
a un euro
todos los días
en el bar chino de la esquina de mi barrio
sus ojos negros,
grandes,
sus ojos negros,
grandes
y su piel blanca se estiran
en su rostro
y sonríe.

Estoy sentado tras ella,
no sabe que la miro
pero nunca escucho lo que dice
a los demás,
tiene la voz baja, espaciada
dulce y detenida entre el cigarro
y la cerveza de esta calle suburbial
mientras me aferro al tono de su voz
tranquila y mansa
que me disuelve en otros tiempos.

La chica que me gusta
es cálida y ajena
no sé su nombre
y
nunca adivino lo que dice
solo alguna palabra suelta,
pero
viste casi siempre de violeta
y hoy, sin mangas,
desde su boca pausada
los tirantes del sujetador
rojo
nuevo y mate
enturbian su hombro
asoman su cuerpo frío
a un poema desprendido
hasta sus pies recién escritos
y enchanclados.

La chica que me gusta
no lo sabe
me tiene detrás
bebiendo solo
mucho tiempo
“es ya,
ojos bonitos,
la enésima cerveza
a tus espaldas”
le digo,
me digo.

Es verano,
el día se ha hecho largo
la llamo “ojos bonitos”
desde el primer día que la vi,
sus ojos negros
y grandes
que solo son comunes
para el que no sepa mirar
no me miran
ni conocen
mientras pido otra cerveza
y me emborracho cerca de su
espalda larga y escotada.

La mujer no existe,
dijo Lacan,
ni puede ser escuchada
añade la chica que me gusta
desde su larga nuca blanca.

Es verano
y
el día,
es cierto,
se ha hecho largo.

Cabello de ángel

Se descubrió hace unos veinte años
un asesino múltiple de niños
de entre dos y seis años.
Era un gordo pastelero
huérfano de niño,
cuarentón educado y solitario
de mayor
que atendía con una sonrisa
tras el mostrador de sus pupilas
titilantes, aguadas
y siempre enrojecidas.
Sus dedos gruesos y cortos
de mujer
edulcoraban hábilmente
cumpleaños y pasteles,
tartas de bizcocho de tres pisos.
Su destreza con la masa
y su respiración entrecortada
le ayudaban a viajar,
a fijar su vista en otros mundos
y espolvorear cierto sabor
de ese peregrinaje imaginario
en sus confituras infantiles.

Felipe fue encontrado a trozos,
su bracito en la trituradora
los dedos picadillo
su muslo izquierdo colgando
en la gran cámara frigorífica
junto al cuerpo de Guillermo
sin sus ojos verdes de cereza.
El pastelero silbaba aquella noche
una melodía muy antigua
que se deslizaba por la luna acerada
sobre la despensa metálica
y brillante de utensilios de cocina.
Sudaba como siempre;
mezclado en harina
se secaba el sudor
con un pañuelo viejo de tela.

Dos pequeñas calabazas rellenas
fueron las cabezas de Raúl y Paula,
a través de sus cuencas vacías
crepitaba el fuego fatuo
de una vela prendida
una luz rojiza y maternal
que calmaba de ansiedades y locuras.
Fresas, sirope y avellanas
completaban la bandeja
y de vez en cuando un coágulo de sangre
sin secar, burbujeaba
y estallaba de repente.
A nuestro obeso pastelero le costó despegarse
del regazo acogedor de tal encanto,
de esa luz fetal y primordial
ya olvidada
que esmerilaba amniótica
y ciega a la lumbre de la muerte.

Ya de madrugada
dicen que
aquel pastelero puso a la venta
ese refugio
de dos cabezas
en el escaparate nevado
de un Halloween
de hace más de veinte años
y que los que vieron aquello
guardaron a lo prohibido de
de su consciencia
el silencio reunido
la apetencia desmedida
la belleza sublime
de los cráneos trepanados
de esos niños.
Nunca verían una luz igual,
así,
terciopelo placentero
albeado de rojo madre.

Duermevela

Me sorprende la soledad
su raíz incendiaria
prendiendo la negrura de la noche
su boca seca y contraída,
su mueca callada de silencios.
Enciendo la luz;
el futuro era esto,
enturbiarse de saliva,
anegar el presente cenagoso
en una incursión disparatada
contada a un niño
en duermevela.

La bombilla fluctúa insegura
fijándome
en la concreción
de su probable enmarañado,
comienzo a sentir
el cerco agotador de lo posible
pero
aún no,
aún no reconozco del todo
mi cansancio.
La madrugada se despliega
mis brazos raspan
su cal blanca
la respiración entrecortada
las ojeras y el espejo
destroquelándose en mi rostro
caen al suelo azul oceánico del baño.

Vuelvo a la cama.
La pared reseca esparce su planicie
hila un tejido
de arañazos
en la palma
de mis manos.
Ya no dormiré.
El alba
me hallará,
con el pecho
abierto y por partir
de par en par,
desvelado en el hastío,
consumido en las esquinas
de otra noche calcinada.

¿Se encontrarán algún día
estos sueños arrasados
al ardor de otros ojos que los prendan?
Quizás aún esté por llegar
quien los duerma
quien comience a descontarme
desde el peso ardiente de otra sangre.
Puede que sea yo
el transcurrir de
mi propia pesadilla
que cercana a la bahía
se observa confusa,
evaporada,
en el magma identitario
de otro relato que nos duerma.

Tachadura

Hay que claudicar a la llamada del momento
disolverse en la discontinuidad sobrevenida
que roza los instantes
revocando lo real
con la fría campanada del abismo
acudir a la llamada
que urge a dar salida
a lo hiriente versado en la experiencia
de la soledad atravesada
en cada uno de nosotros.

Hay que dudar nuestra existencia
a lomos de la luz,
verter nuestras tarimas,
hundir las cucharas
en el camino construido
de otros versos sin sentido
que nos muevan
a reinterpretar el pasado,
a escoger otros instantes esenciales
sobre los que construir el bosquejo
identitario de una vida
y observar lo desechado,
lo nunca sucedido,
y arrancarle
un fruto al futuro negado
y saborearlo entre los dientes
hasta hacerlo nuestro para siempre.

La felicidad, al menos en mi caso,
fue eso,
imaginarme extraviado
en un condicional desaforado
de proyectos de uno mismo,
fue observarse
empujando el predicado
hacia los sueños
en la duermevela anhelante
de otra historia
que ya no nos contempla.

Para ello
solo necesitamos
un instante ante el abismo,
un contacto fugaz con lo real,
saber que no somos,
que nunca estuvimos
permite retejer a la ligera
la historia de uno mismo
y flotar desmembrado
al ralente de sucesos cercenados
sin que importe que
la tachadura del mundo
sea la deriva idílica
del otro que nos nombra.