El río

Vuelvo sin razón y de repente
a las aguas de aquel río
del que ahora sé que fue
el último verano
que conoció mi juventud,
estabas tú
entonces
inscrita en él y herida y joven
y tan callada
y cerca de sus aguas
que yo no podía
dejar de contemplarte
ajena como estabas a aquel cielo estampado
de mil moraduras y naranjas
que traía en sus variantes el verano
y el bosque repleto de promesas
de la tierra que atardece.
Pensé:
eres una cercanía que desconozco
un cubil de cerezas y de tierra
una visión que se derrama
en algo que
se pierde
justo ahora
y para siempre.

Y aquel cielo oscureció
y se vació
y estampó en la noche tu luz sobre mis ojos
que aún despiertos
te miraban.
Así se nos fue,
aquella ciudad
y aquel verano
dejándote conmigo a su manera
entre los ojos de sus cuervos,
el aroma de agosto
y la luz de luna llena abierta
en tu buhardilla.

Mientras tú
dormías tranquila
por encima del tiempo
y de las cosas
como el río que acostumbra a despertar
en presentes siempre vivos.
Dormías,
como lo hacen los recuerdos
cuando sueñan lo que son
y no saben de la sed
ni de sus aguas.

Furias

Aún celebro
tener sangre
que hierva
de vez en cuando
desde las entrañas
hasta el borde mismo del pecho
y de los labios,
celebro
las sacudidas en las sienes
que cabalgan el corazón
anegadas de ansiedad
y de impotencia.

Es lo más parecido a estar vivo
que tengo hoy frente al mundo,
y lo aprecio.
Cada mañana mal dormida
con tu nombre
cada ataque de furia y
celos de tus nuevos otros
que vendrán,
la cólera
anudándoseme en los dedos
entre la lucha
diaria y el cansancio.

Carne a carne
noche a noche
soy consciente
del adiós
y del desgarro,
nos quedamos
ya
sin tiempo
para todo
y la rebeldía interna de saberlo
y de querer el imposible de impedirlo
acelera hasta atenazar
el pasado reptante del futuro,
memoria contra dientes
dientes contra olvido
sueño contra insomnio.
Habitamos perplejos
unos más que otros
la soledad sin envoltorios
de esta carpa.

Aún estoy vivo
me digo,
al menos,
entre tanta
mentira y desencanto
queda esta certeza:
estoy vivo,
y aún a pesar de la improbabilidad
más absoluta
estoy aquí
arrojado al mundo
todavía,
y aún soy
capaz de odiar,
o lo que es lo mismo,
aún podría
amar
si encontrara
las ruinas incendiadas
de tu tierra
en otra tierra.

La cómplice

La madrugada se abre y muestra
las fauces de la angustia y de su asedio:
dos hileras negras y aserradas de colmillos
una boca oscura y acechante con los años,
así que hay que luchar
noche a noche
palmo a palmo
hasta hacerla compañera de la tierra
y sonreirle a veces
casi cómplice
como si fuera ese amor
que nunca estuvo
y desesperarla también,
un poco,
con victorias pírricas y efímeras
frente a sus fauces insaciables de futuros.

Y hay que mirarla a los ojos
cuando se pueda
y alzarle la náusea muy despacio
boca a boca a sus pupilas
para ganarse cada día su tregua caprichosa
golpe a golpe
cuerpo a cuerpo
y después,
llamarla a tu lado
por su nombre.
La angustia espera siempre en pie al silencio
y a la flaqueza de las horas
para vaciar de luz a sus probables,
así que
hay que conocerla un poco
y susurrarle
aunque solo sea para verla enfurecer
cuando le arrancas un brillo
y devoras su insomnio tumefacto
otra hora, otro minuto,
otro momento.

De algún modo se lucha
para no cerrar el mundo
todavía
a veces cuerpo a cuerpo
a veces con urgencia
y siempre
terriblemente solos,
tanto que,
hay noches en las que incluso ella misma calla
un rato
y duerme
preguntándose quién eres.

Miradla ahora,
es preciosa
y sin duda única,
dormida bajo su oscuro vestido
la nada tiene la piel blanca
y aún sin saberlo quiere
que el amor que quede en mí se imponga
y nos engañe sin motivo
callándole la falta de futuro
a esas fauces que esperan
tan hambrientas.

Obsesión

¿Cómo no obsesionarme contigo?
si la juventud se ha ido
y sé que no me amas,
si sé que ya no existes
y me ofreces en tu cercana lejanía
un borrador infinito de probables
una ansiedad de futuros
que desvelan lo real desde tu nuca
oscilando en tu flequillo
y en la delgada palidez de tu cintura.

Dime,
¿cómo no obsesionarme contigo?
si renuncié a la realidad
que no conmueve
y solo me sé ser
a través de la mirada
y de la luz,
si no soy yo
cuando soy
el que te mira
y espera que le mires
para sostenerse
en lo que tejes
cuando
al fin
por un instante
tus ojos vuelven
de allí donde estés
para mirarme.

Desprendida

Miré
la superficie
descarnada de la luna
y el velo cayó
sobre
la noche de verano

y entendí que
lo que tenías dentro
era un pedazo de luna
separado del mundo
y de las cosas
que ardía
con su luz líquida y perdida
proyectándose en tus ojos.

Todo esto
lo descubrí hoy
y sé,
que aún lejos,
lo sentiste
y que quizás nos tocamos
otra vez
con la forma de una sacudida
de una inquietud
y una tristeza
o de un giro
fugaz
que no se ciñó a nada,
un corte limpio
de aire de verano,
un suspiro
callado en el rigor
de lo que es ahora
tu rutina.

Pero
¿quién sabe?
quizás
fijaste
en ese momento
también y sin querer
tus ojos en la luna
como si se hubiera posado
una boca
a medio hablar
sobre tus labios

la luna como estandarte y madre
te reclama
y en tus ojos se prenden las llamadas
de su eclipse
y tu batir de alas heridas
todavía duda
del cuerpo de su fuga,
dos luciérnagas negras sobre
el bosque nevado
de la vida.

Fuiste,
sé que aún eres,
estés donde estés
y aun descontenta
y devorada
un trozo desprendido de la luna
que se sueña
y oculta
en la carne viviente
de tu fuga.

Roedores

Roe
cualquier hueso
también
el esqueleto
de esta noche larga
tendida aquí
junto a tu cuerpo
y sostén la sed
de sus preciosos ojos ciegos
que te miran mirar
y oscilan
con la marea
de aquellos rostros
ya perdidos
tatuados de insomnio
irisdisciente.

Roe los entresueños
de tus manos
roe esta
soledad batiente
que se agita
aquí en la noche
y hunde su cuerpo
entre tus dedos
y la faz partida de la tierra.

Una vez
tuvimos un lugar
los dos,
una vez
dormimos juntos
sobre noches como esta,
teníamos la herida abierta
y tú ungías
madreselvas de otros mundos
sobre el fin del horizonte.

Es curioso,
nunca sabes
qué momentos
se quedarán contigo
y anudarán
lentamente
la dura nuez del tiempo.

Roe,
y hazlo
solo,
reconócete en la angustia
recupérate del tiempo
y de la muerte
y vuelve,
y continúa
hasta que
en ti
no quede
luz.

Tus imágenes
caerán,
únicas,
pero
existieron
una vez
solo
porque

las arrancaste
del abismo rugiente
de
la
nada.

Refracciones

No lo entiendo

sobre la piel de mi cuerpo
frente al espejo
el agua esmerila contornos
que no le corresponden,
surcos de tiempo
que nunca ha tocado

no lo entiendo
a su materia no le incumbe
usar la piel como antorcha
y proyectar futuros
desde el pasado
al mismo instante

o eso nos dijeron

¿qué sabe el agua
del tiempo?
y
sin embargo
aquí está
iluminando sobre mi piel
con áspero pulso de cubista
todos los posibles
que aún
le quedan

y yo los veo
veo cómo cambian
cómo susurran
y ruedan
cada fractal de luz y fuego
cada impronta
y cada huella
cada giro derramado
cada surco cambiante
que se agota

pero
algo falta
algo arde
y el agua vuelve a estar
como callada
y
otra vez
caída de presentes.

Temblor

Se había agachado con esfuerzo
rodilla al suelo
al descubrir
una baldosa que había cogido holgura
y cloqueaba bajo sus pies.

La alzó y
lo encontró debajo
pegado a su reverso.

Ahora lo sostenía entre sus manos viejas e inseguras
que temblaban

no sabía qué hacer con aquello

hace tanto que cesó
la búsqueda
que ya no sabía distinguirlo

sus dedos acariciaron despacio
la blanda superficie,
era tan pequeño,
así que se lo acercó al rostro
para sentir su calor
y hacerlo ilimitado.

Lo había encontrado,
pero era viejo y casi ciego.
Recordó con su tacto torpe
cómo era bordear el jazmín
y escuchar
el incesante oleaje
que rompía tan adentro
del deseo.

¿qué hacía allí
entre sus manos
ese pequeño sol
incierto
que ardía
entre sus dedos?

¿por qué?

¿por qué lo dejo allí
debajo de esa baldosa
hace tanto tiempo?

¿por qué apareció
eso
veinte años después
de haberse ido?

cuando había llamado
con su nombre
a tantas cosas.

Urdimbres

Por entre los rostros
de esta blanda rueca de la vida
que cede y se desteje
se ha colado
un tacto que retorna
y un perfume que acompaña
la palabra callada de su urdimbre
y
es
siempre
de todos ellos
su mismo hilar cambiante
el gesto de unas manos
en tu bucle,
son
esos ojos encendidos
de hilanderas
a la vida deseante
que reclaman
las imaginadas formas
ya sin cuerpo
de tu ausencia.

Un cuerpo y dos heridas

Me lo pide la corriente
me lo pide tu cuerpo
y el instinto
y el ansia,
no creas lo que dices
porque ya lo sabes
y no escuches lo que hablamos
porque no importa.
Lo nuestro
lo pide la vida
y te lo digo:
quiero ser calígrafo
y babel
de tu cueva húmeda
y sedienta
desnudarte un momento lo real
en la entrepierna
subirte con mis manos
de tus muslos
sus esperas,
darle lumbre
a esa locura ardiente
que te consume y muerde
las entrañas
y coser a punzadas tu voz sin hilo
y arrancarte el desencanto del cuerpo
para siempre
y liberar a cielo abierto tu piel lunática
hasta que no te reconozcas
y me veas
tragarme enteros
todos
tus huesos y pupilas
las astillas de tu espacio desbordado
el salitre vivo de todas tus mareas.

Quiero que ya no seas más,
quiero desvanecerte en lo olvidado,
sí,
abrir tus labios
a su abismo
estrangulándote
un poco
y un poco
más
hasta comerte el coño
y hacerte daño
hasta besarte el alma
para que se derrumbe
sin tu nombre
cerca de la muerte.

ya ves,
quiero desordenar los deseos
en la orilla de tus pies,
que intuyas la nada
acechándote el cuerpo
a los pies de la cama
para que te alcancen
allá abajo
y se nutran
esas ganas que tienes
a veces
de morirte.

Eres una calavera seca
y flaca y revivida,
un precioso pergamino
que ha hundido sus garras
en mi sed
para
jugar conmigo
a soledades
a barro y timonel
a grutas peligrosas.

Yo quiero,
en fin,
hundir
y acariciar
el espléndido vacío
de tus enormes ojos huecos
manchados
de saliva negra
y sangre en rama,
y quiero
que quieras
moldearnos el deseo
y perdernos en la cama,
que tu cuerpo y el mío
dejen juntos
entre las sábanas
una huella
y dos heridas
al tiempo que se va.