Desahucios

Sucede a veces que las paredes hablan
que el silencio responde al tiempo con los ojos
de la lluvia sobre el cristal de la ventana
de la adolescente del segundo.

Así que te pones a tirar cosas,
esas zapatillas de deporte que ya no usas,
el calefactor que tanto consume y no calienta,
la vieja toalla de manos marcada por las huellas,
y la tiras
con el juego de sábanas sobre las que durmió
porque ya no calza ni se lleva bien con el presente
y regurgita en la noche su voz extinguida en la gotera
de esa pila de cocina que no reparas.

Los céntimos desperdigados del primer cajón,
algunas entradas de cine de reestreno, sesión doble,
un DNI caducado.
Te gustaría tirar también la extraña y blanca luz del sol
sobre las fachadas del barrio
los parasoles y el viento de noviembre.

Encuentras entonces una piedra con tu nombre,
una foto perdida
en la que ni siquiera sales y que quizás nunca existió,
sobre el rojo intenso de tu fuera de campo, su gesto,
su corazón vivo, sus labios.

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Esquinas

Despierta un día claro de octubre
su arena blanda oscurece las aceras,
en el bar una vieja en batín rosa
toma tostadas,
su rostro tiene el sol titilante
como si lo hubiesen tocado
los ojos del mar.

Las personas pasan
tendidas de sus prisas,
de sus gestos,
de sus voces.
Aquí sigo,
bajo esta luz blanca de octubre
aquí continúo,
una esquina, otra,
y tras otra,
de golpe,
encuentro tu frío en plena calle
en mitad de este presente
que comienza sin nosotros.

En cualquier parte

Estás muy cerca, aquí conmigo, en algún lado,
en esa tierra quemada que ya no te pertenece
y que es casi mía igual ahora
que despierto a las tres de la mañana.

Estás, como si te hubieses anudado
a algo lejano que no sabe que lo es
pero se agita,
estás, pero está muy cerca tu olvido,
en la espera del verde del semáforo
en las fincas que ya no tienden ropa
en los anuncios de los próximos estrenos
en la mosca sobre el número dos
del cupón que nunca compro.

Es octubre,
y tu vacío intenso, a veces, enmudece,
pierde ya la voz de nuestras cosas,
eres la tierra quemada en tu silencio
que aún sostengo,
soy el testigo viejo de un hallazgo
que fue frágil y nublado,
hecho de labios, deseos e incertezas.

Me he quedado,
como un director momificado
en el escenario interior de tu obra inacabada,
cerca de ti y lejos de tu nombre,
ruina sobre ruina
espejo sobre espejo.

Tú no lo sabes, pero
en esta isla de arena y piedra
que es la melancolía
tu vacío aún me mendiga,
sabe, el miserable,
que soy el único hambriento que queda de los dos
en esta tierra,
el único que aún proyecta lo que fuimos
a base de pensarnos.

Sí, he conquistado sin pretenderlo tu vacío
porque eres también algo
que no sabrás nunca,
mi novia de Frankenstein herida
hecha de remiendos y destellos
que se nutre del relámpago
de mis miradas fugaces
sobre otras piernas en el metro
y cabellos recogidos en gestos muy pequeños.

Es hoy,
agotado ante este café a medio tomar en la terraza
cuando por primer vez siento
que descanso de ti en alguna parte,
que la pintura que pudimos tener
se ha secado en otra parte
y no nos pertenece,
como los aromas que en otoño reaparecen
al cerrar los ojos de repente,
en cualquier lado,
con la luz acristalada que comienza
en este octubre sin nosotros
y contigo tendida en cualquier parte.

Septiembre entre nosotros

Se hunden tus imágenes y voces
entre mi mirada atenta a todas tus capturas de escorzos y retratos,
te desvaneces, al fin, besada piel de cine.
Te pierdes, lentamente, tal como quisiste,
con la luz de aquella tarde
sobre tu cuerpo desnudo
y el vestido tirado en cualquier parte.

Ya se entremezcla tu recuerdo en los horarios
se vuelve cristal y mansedumbre
que se agita y protesta cada vez más vagamente
en la lejanía de ese cajón que abre el otoño
presto a centrifugarlo todo en el pasado
para que reaparezcas después, tal vez,
en la esperanza de otro desengaño
como si nunca nos hubiésemos tenido.

Lo imaginado contigo, es cierto,
es ya un lugar casi tan vacío
como aquellas cervezas y miradas
que dejamos una vez sobre la mesa.

Tu rostro y su ilusión se aligeran en mi frente,
el sabor de tu flor, tu mirada clara y viva
ya espumean con la asunción de un peso nuevo.
La que fue la última juventud
toma el peso roído de este otoño.

Espinazo de domingo

Estas horas traen algo roto en su cubierta
huelen a mermelada de naranja y fruta abierta
a armario viejo, a salitre y licor de sobremesa,
a tabaco negro y tardes largas
a papel viejo y paños de cocina
en las almenas del cuerpo solitario
que no descansa ni a las tres de la mañana.

Este sudor de otoño que entrechoca en dique seco
que rompe su luz a bocajarro sin faros ni conquistas
es también la traición espejada en la memoria,
el eco de entretiempos,
una melodía a medio camino de las ruinas
y el océano de tu fotografía.

Hay algo
que se hunde a media voz en este cielo acastañado
que trae en el horizonte intenso de su herrumbre,
la ceniza deshojada,
el beso herido y breve del fantasma.

Hay algo
en este cielo abierto que abre las entrañas
que retorna al peso de la tierra
la ansiedad que arde y crepita
por un nombre que nos rompa o enmudezca.

Pásate

Es posible
que solo queden de los días renglones en cuadernos separados
y es posible
que la costura que une las mañanas
sea esta luz violeta que tienden tus anillas,
que aquello que despierta por debajo de mis párpados
no sea otra cosa
que la escarcha de tu falta acostumbrándose al olvido
y acompañándome a los años.

Ya casi no recuerdo tu rostro
aquel que entre la lluvia cerrada de verano
y el viento de la tierra mojada
pegabas al vaho y a la ventana
ya solo es una nube infantil que se disuelve
en los hundidos dedos de mis días.

Aunque es cierto que duermo mal y poco
quiero decírtelo por si quieres pasarte una noche por mis sueños:
estoy perdiendo tu rostro con los años,
y también quiero advertirte
que quizás no reconozcas a este hombre canoso
que no sé que ha hecho con el tiempo que le diste
a ese que es y fue tu hijo.

Pero pásate a medio desvelo,
hablaremos,
quiero ver otra vez nuestro reflejo
pegado al cristal del verano
porque tu rostro ya no está en las fotos
ni en la lluvia
porque lo estoy perdiendo
y no te llevo nunca flores
porque el otro día imaginé unos charcos en tus ojos
que servían también para la muerte
que hundían las aceras en su miel
y me traían de golpe tu partida.

El largo adiós

Los sueños se escaparon
y aunque uno despierte
a veces
con sus ojos
hay que hacer que no han pasado,
que siguen a la espera
tras la puerta
a un solo paso,
hay que tocar otras pieles
darles un nombre
negar la voz muerta
de su cuerpo frío.

Pero los sueños,
lo sabes,
se agotaron
te lo dice la noche abierta
que sangra y que supura,
ya solo se trata
de darles calor
y acogerlos como a un muerto
al que se amó
y del que poco a poco
perdemos su rostro.

Las colas del paro
la ansiedad
los cursos y las horas
la náusea
que espera agazapada,
también,
otra vez,
la cama solitaria.

Ya solo
se trata de ocuparse en otra cosa
de despertar
mientras los sueños se agolpan
y se convierten en fantasmas
aferrados al brazo de tus muertos,
llamándote,
seductores,
como si fueran ellos
los que sucederán más tarde,
como si aún esperasen tras la puerta
olvidándote del tiempo.

Despiece

Me he despertado con un par de mensajes en mi cuenta de Wallapop, duermo mal y poco, pensaba que había sido un entresueño, pero no, efectivamente, una parte de mí puso ayer en venta fragmentos rotos y usados de mi cuerpo mientras creía dormir en la única hora en que creí haber dormido esta semana.

Cabeza: motor de arranque defectuoso, insomne, delirante.
Corazón: desacompasado, introspectivo, sin apenas uso, siempre en garaje de esperanzas.
Manos: inquietas, lentas, de dedos deseantes.
Ojos: cansados de no verte, marrones oscuros casi negros con tendencia a ver fantasmas.

Sueltos 20 euros cada uno.
En pack, 60.
No negociables.

Miento,
sí, negociable,
urge venta.

Kraken

Unos enormes tentáculos,
enraizados en el núcleo de la tierra
surgieron del fondo del océano
como estrías de lava palpitante
de un volcán marino
y ardientes
de olas y espuma
partieron las aguas,
evaporaron el mar,
y se elevaron en plena noche
directamente hacia las estrellas
directamente hacia la luna.

Yo tenía los nervios sedientos de tu nombre
así que agradecía que sin previo aviso
la realidad se estuviera haciendo añicos
delante de mis ojos y los tuyos
allá donde estuvieran.

Eran ocho
los tentáculos de vapor incandescente
que poco después
la alcanzaron y envolvieron
y se aferraron a ella.
Me conmovió la fuerza de su necesidad,
también el deseo, el anhelo de una espera
que despierta ciega
y que se sabe
sola.

Admiré aquel acontecimiento,
aquella grieta viva de pura abstracción
e irrealidad,
esos ciclópeos tentáculos del Kraken herido
de las entrañas de la tierra
que habían despertado de repente
eran todo un revés a la estulticia
de los días
y los días
y los días.

Envueltos en cortinas de vapor
aquellos tentáculos pulposos,
todavía incandescentes,
refulgían
entornados del agua de sus mares
y con el nácar ardiente de la tierra
envolvieron a la luna
y la abrazaron
con tanta sed
que la luna comenzó a astillarse
hasta que saltó de sus goznes
como madera vieja.

Sus pedazos flotaron lentamente
y después
cayeron
y cayeron
y cayeron
en miles de dedos
de blanco reluciente.

Así que abrí una botella de vino tinto
mientras los tentáculos se retiraban
de nuevo a sus entrañas
con su amor roto en el aire.
Trozos perlados de la luna
se desprendían sobre la tierra
como vidrios rotos de glasé.
Apuré el trago.

Al día siguiente
la ciencia le daría un explicación a todo.
Al día siguiente,
con los mares aún revueltos
vería una foto tuya de perfil,
en ella sostendrás
una pequeña roca lunar en la palma suave
de tu mano
y bajo ella aparecerá otra,
entrelazada,
que ya no es la mía.

Bar Canadá

Lo más cerca que estuve nunca de Canadá,
fue contigo,
una noche,
en que me esperaste allí,
a la salida del cine de reestreno, sesión doble.

“Está cerca,
enfrente,
al cruzar la avenida,
hay un bar
allí te espero”,
me dijiste de cerca,
iluminada por la luz de la pantalla de cine
que hacia tu cara más blanca
y tus ojos grandes más oscuros.

Así que allí me quedé,
viendo solo
con la botella de vino
el último minuto de “It Follows”.

Al cruzar la avenida
supe que iba a cumplirse un pequeño sueño,
salir del cine
y estar
de repente y contigo
en Canadá,
porque así se llamaba el bar,
Canadá.

Nos tomamos una copa
en la calle,
tú te abrigabas
en el humo de un cigarro
de noviembre.
Habías visto a tu ex
dentro, en el cine,
“por eso te dije de esperarte aquí”.

Nos tomamos otra copa ahí fuera,
tenía frío
pero
tú tienes esa manera de hablar,
esa voz que me permite seguir tu hilo
el rastro de tu nervio con la vida
y con el mundo,
imprevisible,
inestable,
que sin embargo me calma
allá a lo lejos.

Esa noche
sin ningún motivo,
contra todo lógica,
supe
que me querías cerca,
que te gustaba.

Lo supe antes de cruzar la avenida
al esperar al semáforo rojo
camino de Canadá
porque
me miraste entonces
frente al otro lado de esa orilla
como miran
los que esperan a alguien
al otro lado del océano.

Vi el humo de tu cigarro
que se esfumaba en el presente
con tu aliento.

Fumabas abrigada,
y me sonreíste
por primera vez
como se reconoce a alguien
que llega de muy lejos.