Desde los ojos de un futuro

No sé por qué
pero ahora,
los recuerdos
ya no tienen prisa
y detienen
su paso ante mis ojos
y dejan allí
sus perlas rodantes
de cristal opiáceo
que se desprenden
con una intensidad
desconocida,
hunden
sus blandas gotas nacaradas
sobre mi corazón vigilante,
ahora un rostro
que susurra,
ahora una imagen
que se revuelve
y de alguna forma se queda,
pasa sin avisar hasta el salón
y ahí,
como un lento relámpago,
muestra
su flagrante nitidez
su momento ya perdido
su cuerpo que tiembla
de fantasma y carne leve
volteado al otro lado de los ojos.

¿Duerme alguna vez acaso
la mirada?
esos rostros
que
descansan
plácidos
ausentes de su ausencia
y de su luz en la memoria
se muestran
como si no tuvieran duda
y me hablan en presente
sobre un tiempo
que no sabe situarse
y se confunde
con la misma seguridad de aquel instante.

¿Dónde miran
los ojos
cuando miran hacia dentro?
Las varices de las piernas
de mi abuela,
mi madre dormida en el sofá
en un verano
una tarde de domingo,
o aquel amor,
abriéndome la puerta,
sus enormes ojos
oscuros
pidiéndome
de repente
en plena calle
que la quiera.

Y
como entonces
tiemblo,
no sé qué hacer
con todo ello,
no sé qué decirles,
y callo,
no les digo
que siempre vi
su ausencia
desde estos ojos del futuro.

Päijänne

Cuando el sol se inclina
las piedras ronronean
sobre su superficie,
la nieve del tacto
cede y hunde su horizonte
si imagino tu piel
desnuda.

Es cierto,
como mal escritor
tiendo a hablarte
desde lugares comunes
donde nunca estaremos.

Aquí,
solo,
a veinte grados
bajo cero,
entre la escarcha
de mis miedos
y la lluvia congelada
de las ramas secas
del Päijänne
pienso en
lunas de Saturno
en géiseres titánicos,
en toda
la vida subterránea
sedienta y térmica
que hay detrás
de tus
pupilas negras.

A Pauline

En un libro usado
en una tienda
un título: El titiritero polaco
de Theodor Storm,
dentro
en la primera página
un dedicatoria escrita con
ese temblor que recorre las letras
cuando son empuñadas por un viejo.

A Pauline,
debajo unas líneas
torcidas
sinceras
que desean lo mejor
para Pauline,
que disfrute de la imaginación
que la sostenga incólume
que la nutra
ante todo lo que venga.
A Pauline,
a la que el tiempo alcanzó
y de regalo ese libro
febrero de 1986.

A Pauline,
noviembre de 2016,
esa dedicatoria
que languideció
en alguna estantería
ha encontrado un lugar
en la mía.

Cuentos de Invierno

El cercanías se ha detenido
el manto de nieve
se extiende fuera
y el cristal empaña
el páramo plano y frío
de una tarde de noviembre.
Ahora que no hay prisa
por alcanzar el destino
me viene a la mente
no sé por qué
los cuentos que me contaba mi yayo
con las primeras penumbras
de invierno
allá lejos
en los fines de semana
del Cabanyal.

Su voz grave
roída por el tabaco negro
y áspera como la gravilla
era incapaz de adaptarse a la noche
y bajar su tono
narraba a plena luz,
narraba y narraba
hasta que el vecino golpeaba la pared
o la noche nos vencía.

Era su voz rotunda y firme
y desbordante de cariño
y eran sus relatos
de mares y barcos
de asnos y caballos
y de niños que vencían
contra todo pronóstico
y por un momento
a la aplastante carrera de la vida.

Por las mañanas mi yayo
estaba ausente
“no le molestes”
me decía mi yaya
“espera un rato.”
Algo le recorría desde su cigarro
y alcanzaba lo más profundo de sus ojos.
Yo creía,
era solo un niño,
que el culpable de su silencio
era el humo
y trataba de espantarlo con mis dedos.

El cercanías reanuda la marcha
“su billete, por favor”
y el recuerdo
pierde su presente
con la escarcha.

Brotes familiares de la tierra húmeda

Bajo esta tormenta
hay fosas comunes y pantanos
huecos, charcas y subsuelos
también catacumbas
el hedor a raíz y tierra empapadas por la lluvia
todavía quedan lugares recónditos
donde crece el musgo, la humedad, los hongos y la vida
donde echan raíces las lombrices
lugares
sobre los que retoma el pulso la tormenta
cuesta abajo
en el arrullo del río embravecido
lleno y repleto de ataúdes abiertos
con cuerpos empañados
pegados a sus telas roídas
agusanadas
que surcan entre las olas y las piedras
su madera de nogal
como navíos de piratas tuertos
desplegando su tesoro emponzoñado.
Los más recientes sienten,
aún sienten,
su corazón reseco empaparse
de hojas de otoño y ramas
en cada salpicadura de las aguas frías,
surcan,
a ritmo de golpes,
madera oscura contra piedra
atascándose a veces en los cañamos
o entre ellos
surcando el río abajo camino al mar
ya descompuestos
un precioso espectáculo
que nadie contempla
alcanza la desembocadura
con la lluvia.

¿Qué tormenta ha rescatado
de lo más profundo de la tierra
todo esa flota de cadáveres
de memoria y naves muertas
en carrera hacia el mar?

Por la mañana,
en la desembocadura del puerto,
todos esos ojos ciegos y vacíos
todos esos trapos mezclados de reliquias y de huesos
de putrefacción besada por gusanos
son los primeros del amanecer,
otra vez el sol cálido
naciente y rojizo
delante de su flota en guardia
ofreciendo su tributo
recorriendo el hedor de sus memorias
al cielo estampado.
Pergaminos,
piel sobre piel
palimpsestos
ante la estupefacción general de los vivos
ante el escándalo de su invasión
serán retirados
sin que nadie sea capaz de pronunciar
ni uno solo de sus nombres muertos.

 

Receta al horno

No pegar ojo
no dormir
encontrar el caudal abierto
al cierre de la noche
escuchar al ralente del verano
la ceniza irrespirable
de tus llamas
los grillos de la piel
y sus ahogos.
Por lo visto hay que tratar
una vez más
de cocinarte:
sobre la sartén
un puñado de cáscaras rotas
la juntura de los huesos y del seso
fotos y tickets de viajes
el cartílago de la carne batiéndose en tu molde
hueco,
tus ojos
de lago,
también tu sonrisa,
por supuesto,
sudar
despacio
la noche tropical de tu vacío
y encender el horno
a 250 grados
de agotamiento,
sazonarlo todo con un puñado
de sal y de te quieros
colina abajo y en vigilia
al raso del cielo horizontado
y esperar a que gratines
antes del amanecer
con el temporizador
roto
y la espalda entresudada
en otro agosto.

El reloj de la cocina
está dando
las cuatro de la madrugada.

La próxima colina

 

Podéis escuchar ya el tronar de pasos y tambores
es la batalla, señores, que camina sobre nuestras cabezas,
muy pronto tendremos al enemigo encima,
lo conocéis bien: altivo, idiota y cruel,
es el déspota que seduce a vuestras mujeres
y mata de hambre a vuestros hijos.
Quiero que estéis juntos,
quiero que no rompáis jamás la formación
y os protejáis unos a otros como al recuerdo del cuerpo al que se ama,
el que os espera en casa
esté donde quiera que esté eso,
recordad que volveremos,
volveremos a casa.

Escuchad,
pronto estarán aquí,
cuando llegue ese momento quiero que recordéis todo lo que os hace cada día
este enemigo descabezado e inhumano
y que aún así
esperéis hasta el final
esperéis hasta mi orden
apretando los dientes,
recordad que sois hombres
y que la batalla está perdida
que solo queda nuestra fuerza y nuestro tiempo
que nos superan en número, en mucho número
pero que no conocen la fuerza de nuestra dentellada
ni el odio y la necesidad que tenemos de sobrevivir a la batalla.
Sabéis que siempre se ha tratado de la misma guerra larga y dolorosa
la victoria nunca importó
se trata de alcanzar, si se puede, la próxima colina.

Hoy vamos a demostrarles de que están hechas las entrañas
por todos a quienes hemos amado y perdido,
por quienes nos acompañan de este lado todavía,
la colina está allí,
caballeros
podéis verla,
y lo más importante: alcanzarla.
Sé que parecen kilómetros
pero os juro que apenas nos separan cien metros,
yo jamás os mentiría.

¡Cargad!

Que no os asuste la metralla ni la muerte
ya la conocemos
salid de vuestra trinchera
que nos vean bien
porque aquí estamos
seguidme y
¡Abrid fuego!

Octubre de un año muy lejano

Es octubre
de un año muy lejano
que no nos hubiésemos atrevido pronunciar:
debes saber
que a este lado del cuerpo
hay una percha
que se queda colgada hasta que lluevas
mar adentro de algún sueño

qué le vamos a hacer
si mi tiempo solo llegó hasta tu ombligo
y por lo visto
no soy demasiado bueno en esto de vivir
y me quedo en los lugares
que no quiere nadie
aunque la marea se haya retirado

es cierto,
ya casi no puedo recordar tu rostro
apareces envuelta en brumas
frágil y borrosa
sobre algún sueño desnortado
y
sin embargo
inolvidable
para enseñarme que
los días son una avanzadilla de finales
que cayeron repetidos de resacas.

Pero eso ya lo sé.

Mira,
es octubre,
casi escribo tu nombre
y tú eres ya lo que querías
solo una imagen perdida
un fantasma que vive
en el horizonte que quise para ti
al que vuelvo
para hablarte
porque siempre
hay que besar
un poco
a los muertos

Es octubre,
quería que supieras
que me he visto sorprendido por los años
y por la serenidad
de saber que escapaste
en un presente
mar adentro.

Creí que llegaría
alguna de tus dobles
a poblar algún espejo
a navegar algún deseo,
a veces adivinaba cuál sería tu nombre
ese que pronunciarías
envuelta de otra vida
para volvernos a jugar,
otras pensaba en tus gestos y
en los que habría que descubrir
sábana abajo,
pero por lo visto no,
no he sabido pronunciarte
y nunca has sucedido
porque el amor puede ser soledad
pero jamás una renuncia.

Ya ves,
es octubre
de un año muy lejano
y ya no importa,
es solo que me ha sorprendido
el cansancio y la desidia
de tenerte
otra vez
ausente y borrosa
mar adentro.

Río Seco

“Ha sido un día difícil
y la noche lo será aún más”
piensa
“y quién no los tiene.
Días difíciles”
dice,
así que abre otra cerveza
en la terraza
y mira el cielo claro
y abajo
a ese árbol viejo y solitario
que se enrosca sobre
el cauce seco del río.

La tercera cerveza
pasa
la cuarta lo hará pronto
y seguirá sediento.
El silencio comienza a oscurecerse
se queda al ralente del paisaje
que va cediendo
poco a poco:
“esas vistas son un pequeño milagro”
se dice
“inesperado”
añade
“en su maltrecha economía
de alquiler”
concluye.

“Es un día difícil”
piensa,
“quién no los tiene”
se dice,
pero
piensa también en la noche
y la teme
es uno de esos días
en los que se da cuenta
que el tiempo se agotó
pero que siempre podrá escribir
en su esfuerzo entrecortado
y nada más.
Y nada menos.

Es uno de esos días
que cada vez con más frecuencia
y menos disimulo
se agolpan en su puerta.

Teme la noche
el golpe sordo de su corazón
su despertar angustiado
cuando no duerma
y todo esté ya cerrado
para el sueño.

Anónima alegría

Déjame escuchar otra vez
cómo fue tu paso suave
tu caminar mudo hacia otras partes
sin alejarte nunca demasiado
y te diré cómo fueron
antes de que desaparecieran
tus contadas vueltas a llamarme
cada vez más espaciadas
y menos necesarias.

Déjame inscribirte
en esa extraña sensación
que tenía al escucharte,
que era
como de pérdida reciente
de un pasado repetido
en el presente,
y perdona que no te entendiera
demasiado bien
cuando

hablabas de esa soledad
sin prestar atención
a nada más que a tus tristezas
ocasionales
de niña grande
que se llama mujer.

Déjame
que me alegre
sinceramente
como nadie lo hará nunca
de que te vaya
“todo bien”
ahora que,
crees,
que
no estás
sola.

Y déjame
ahora que te escribo
sin nombrarte
mirar desde aquí
cómo fue la última vez de
tu perfil iluminado
por la luz esmerilante
de una sala de cine
o por la tercera cerveza
de tu risa
déjame,
en suma,
inscribirte como fuiste
para que seas en alguna parte
cuando estás
y no sucedes nunca
en la soledad de nadie que te escribe.