Cielos

El cielo está encendido como un poema,
repleta de vida tú no te das cuenta
pero nos atardece como nunca
mientras buscamos un bar
donde tomar una cerveza.
Tienes siempre la mirada inquieta
y en los gestos
una voz, creo que nunca te lo dije,
que me devuelve un hogar perdido
incluso en este recuerdo que no tienes.

Porque esto es un recuerdo
y en el andamiaje de la memoria
las siluetas se forman en el lado frío de la escarcha
y caminamos, como entonces, sobre el negro sólido
de un lado de la calle
mientras tú hablas y yo te miro
para que tus ojos negros puedan ser hoy solo retazos
de mi memoria impresionista.

Hablas y me buscas
y esculpo cada gesto
para retener esa mirada tuya que ahora
me quiere otra vez cerca.

El cielo a veces es un mar
que retrocede a aguas muy profundas,
de aquella noche recuerdo que
acabamos despertando juntos
y que tu cuerpo desnudo en la madrugada
dormía mudo sobre el espinazo del pasado.
Eras, ya entonces lo supe, un fantasma visitando mi presente
aunque al despertar me abrazaras como si nunca lo supieras.

Me gustaba escuchar tu voz,
sentir el tacto herido de tu cuerpo.

Es una tarde fría de domingo,
ya no sé nada de ti,
y ya nos despedimos.

Por debajo de
las hojas de los días,
en sus noches
¿Te faltará
alguna vez
mi mano?

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Bar Canadá

Lo más cerca que estuve nunca de Canadá,
fue contigo,
una noche,
en que me esperaste allí,
a la salida del cine de reestreno, sesión doble.

“Está cerca,
enfrente,
al cruzar la avenida,
hay un bar
allí te espero”,
me dijiste de cerca,
iluminada por la luz de la pantalla de cine
que hacia tu cara más blanca
y tus ojos grandes más oscuros.

Así que allí me quedé,
viendo solo
con la botella de vino
el último minuto de “It Follows”.

Al cruzar la avenida
supe que iba a cumplirse un pequeño sueño,
salir del cine
y estar
de repente y contigo
en Canadá,
porque así se llamaba el bar,
Canadá.

Nos tomamos una copa
en la calle,
tú te abrigabas
en el humo de un cigarro
de noviembre.
Habías visto a tu ex
dentro, en el cine,
“por eso te dije de esperarte aquí”.

Nos tomamos otra copa ahí fuera,
tenía frío
pero
tú tienes esa manera de hablar,
esa voz que me permite seguir tu hilo
el rastro de tu nervio con la vida
y con el mundo,
imprevisible,
inestable,
que sin embargo me calma
allá a lo lejos.

Esa noche
sin ningún motivo,
contra todo lógica,
supe
que me querías cerca,
que te gustaba.

Lo supe antes de cruzar la avenida
al esperar al semáforo rojo
camino de Canadá
porque
me miraste entonces
frente al otro lado de esa orilla
como miran
los que esperan a alguien
al otro lado del océano.

Vi el humo de tu cigarro
que se esfumaba en el presente
con tu aliento.

Fumabas abrigada,
y me sonreíste
por primera vez
como se reconoce a alguien
que llega de muy lejos.