Expositor número doce

Los días extraños han llegado
han apelmazado su careta
se han vuelto pegajosos y lánguidos
como un calor mal aireado
como aquel muerto del expositor número doce,
¿te acuerdas?,
cuya voz sin labios preguntaba:
“¿cómo se sale de aquí?”.

Hasta el cansancio es diferente,
se ha vuelto el de otro,
hasta cuesta acordarse del presente
reconstruir su línea, recomponerse,
ahora
hasta el insomnio se sabe en la memoria,
que se estría y anida
como una araña
entre la garganta y el aliento.

La sonrisa arranca despacio,
alarga los finales
cuando te miro,
suma curvas y confusiones,
suma nombres y pieles
aromas y tactos,
te acumulo,
no te ofendas,
al contrario,
me gusta verte desnuda
y pronunciarte de cerca.

Somos dobleces,
cuerpos,
sobre una memoria encapotada,
somos un cielo críptico
abrasador
que se engancha y mira,
que se revuelve un instante.

Somos ese cielo
y sus dedos alargados
señalan ahora a la orquesta
que toca detrás del telón
que repite nombres,
desafina aromas,
retumba y mezcla
un presagio vacío
que retorna a por nosotros.

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Voces distantes

Ropa tendida
recién lavada en el balcón
y el calor plomizo
y lento
las ventanas abiertas
las paredes blancas
casi a las cuatro de la tarde
como en un cuadro de Chirico
con la televisión de algún vecino
en pleno tiroteo de far-west.

Por lo demás,
la casa calla
su terrible horizonte de soledad
y sangre lenta,
de vez en cuando,
mientras los demás duermen
yo entresueño,
tu voz distante
a veces
ronda cerca
sola
y
trémula
como un pensamiento.

Casa quemada

Arranqué el coche
y regresé,
tuve que hacerlo.

Ayer vi arder la casa de la colina,
estalló de repente ante mis ojos
después de tantos años
la mordieron sus llamas desde dentro
a través de los escombros y ruinas
apresadas como venas en la noche,
la encontré entre sendas y malezas
secas
desmapada del recuerdo y de la vista,
esa fue la casa abandonada
donde pasamos la última infancia
la colina y el verano
el sol y el agosto
las moscas quiméricas y negras
zumbado en las siestas de los viejos
en sus descansos pegajosos
que tanto odiábamos,
huíamos a esa hora
a pleno sol
desbocando la energía inagotable
con la mirada nueva del lagarto
las sierras de la espiga en los talones
rodillas y costras
sangre seca
en pantalones cortos de piscina
todo detenía
el poniente invertebrado de la luz
sobre maderas y muebles viejos
que subían de la higuera seca
a la ventana.
Todo seguía allí en plena noche,
pero también vi,
justo antes de arder ante mis ojos
a aquel horrible hombre cubo
arrancado de otra esfera
que apareció un día
cerca de la casa
ahogándose en su rostro.

Quería decírtelo,
¿te acuerdas?
cuando el calor no importaba
y las chicharras ladraban
al horizonte abierto e incansable,
¿qué seremos? me decías
lo que quieras, te decía.
Y un día
apareció, eso.

Hoy ha estallado la casa de la colina
el hombre cubista miraba
desde dentro,
las llamas finalmente los envolvieron
de vuelta al reverso de su mundo
donde tú y yo aún esperamos
sentados
entre la vieja higuera y la ventana.

Arranqué el coche
y regrese,
tuve que hacerlo.