Bar Canadá

Lo más cerca que estuve nunca de Canadá,
fue contigo,
una noche,
en que me esperaste allí,
a la salida del cine de reestreno, sesión doble.

“Está cerca,
enfrente,
al cruzar la avenida,
hay un bar
allí te espero”,
me dijiste de cerca,
iluminada por la luz de la pantalla de cine
que hacia tu cara más blanca
y tus ojos grandes más oscuros.

Así que allí me quedé,
viendo solo
con la botella de vino
el último minuto de “It Follows”.

Al cruzar la avenida
supe que iba a cumplirse un pequeño sueño,
salir del cine
y estar
de repente y contigo
en Canadá,
porque así se llamaba el bar,
Canadá.

Nos tomamos una copa
en la calle,
tú te abrigabas
en el humo de un cigarro
de noviembre.
Habías visto a tu ex
dentro, en el cine,
“por eso te dije de esperarte aquí”.

Nos tomamos otra copa ahí fuera,
tenía frío
pero
tú tienes esa manera de hablar,
esa voz que me permite seguir tu hilo
el rastro de tu nervio con la vida
y con el mundo,
imprevisible,
inestable,
que sin embargo me calma
allá a lo lejos.

Esa noche
sin ningún motivo,
contra todo lógica,
supe
que me querías cerca,
que te gustaba.

Lo supe antes de cruzar la avenida
al esperar al semáforo rojo
camino de Canadá
porque
me miraste entonces
frente al otro lado de esa orilla
como miran
los que esperan a alguien
al otro lado del océano.

Vi el humo de tu cigarro
que se esfumaba en el presente
con tu aliento.

Fumabas abrigada,
y me sonreíste
por primera vez
como se reconoce a alguien
que llega de muy lejos.

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Dos mil seis

Fue aquel verano
en que nos dejaron nuestras novias
y no podíamos estarnos quietos
ni dejar de buscarnos
entre copas y madrugadas
y cada uno tenía sus manías y sus gestos
que todos reconocíamos y soportamos
como propios,
qué importantes fuimos
los unos con los otros.

Una noche
Chema se fue al coche
y se quedó bebiendo solo
y bailando una canción de Boney M.
Iván después se desplomó borracho,
de espaldas contra el cielo
como Berengario en la marmita de El nombre de la rosa
y por el retrovisor del viejo Golf
Nico y yo solo veíamos
sus pies apuntando hacia la luna llena y despejada de verano.

Eran noches insoportablemente calurosas
y los cuatro estábamos jodidos
pero juntos
en aquel verano de desamor hiriente
y resacas de invernadero,
cada uno y a su modo
salíamos a ahogarnos en las noches
apoyados siempre
los unos en los otros
y éramos en nuestra angustia
lúcidos e irremplazables.

Hoy han pasado diez años
y ahora la ansiedad
es mucho más banal y presurosa
y está atada a las cosas que te obligan
y no quieres,
por entonces,
y estoy orgulloso de nosotros,
supimos que estábamos solos
y que había una edad para todo
que estábamos perdiendo
y qué teníamos razón
al sentirnos vacíos
y con un irreparable abismo en el estómago
porque nunca nos consolamos con las palabras de otros
porque intuimos y afrontamos
en aquel presente
que nos dijeran las idioteces que dijeran
ya no podríamos querer como quisimos
a aquellas cuatro rubias de verano.

Dos mil seis
fue aquel verano
en el que nos dejaron nuestras novias
y seguíamos tocando la piel de sus perfumes
para exorcizarlas
con música cualquiera
con alcohol hasta morir
con calor y ansiedad
de punta a punta de verano.

Una se fue lejos y no volvió,
de la otra, dices, no sabes nada,
que fue madre,
crees,
y que se casó con aquel perfecto gilipollas,
otra quiso volver mucho después
cuando dejó de ser joven,
y la última murió
hace poco y de repente.

Es curioso
lo que uno recuerda años después
con cariño,
aquellos días de dolor,
incluso
con una sonrisa.
Nosotros nunca creímos del todo
aquello de la felicidad y del amor.