El largo día acaba

Nadie nos habló nunca
del silencio de las cosas
del silencio casi yermo
e hiriente de la vida,
descubrirlo despacio
después de tus ojos
después de los ecos,
descubrirlo de golpe
y de repente
una tarde,
pasando los cuarenta,
mirando atrás,
mirando al frente,
algo aturdido
con la tercera cerveza
y las manos recogidas
como hacen los ancianos
con el silencio que les queda.

Los niños juegan en el parque.
Veo una araña en sus cabezas
que se enreda.

Escucho un
murmullo,
después
silencio.

El largo día acaba.

Huida

Quisiera que sepas
desde aquí
y
de alguna forma
que me encantaría raptarte
de la realidad del mundo
y de las cosas
para descorcharte sin planos
al deseo
y que me encontraras
sosteniendo
tu cuerpo
a tu regreso.

Yo quisiera ver,
piel a piel,
como entrechocas
y te huyes
muy lejos
de tu nombre
y de mis brazos.

mirar

esta embriaguez en la mirada
este ensimismarme tan adentro de las cosas
este mirar prolongado de impotencia
este observarlo todo
esta búsqueda
en lo que falta y ya no quiero
esta avanzadilla incesante
del final
este no querer lo que quise
este apagarte
con el rostro del tiempo descubierto
esta ansiedad acerca de la nada
tan trillada
este escribir
por sentirte un poco menos
a bordo de lo concreto e incesante que me asalta
con el desencanto de acabar una renuncia
con la marea baja cerca de los pies
con el alma remachada a desencuentros
de óxido y salitre
cerca del estómago
para no escucharme
para no pensarte más sobre la nieve
para no perseguir
tu promesa de sirena entre las rocas
para recorrer
el malecón sanguíneo de este puerto
el final del muelle de tu vida
el sordo silencio que te envuelve
que se curva
y se retuerce
muy cerca de la ciudad
donde tú y yo nunca estuvimos

ahí
ahí tengo clavada la mirada
de los días reconociéndome en las cosas
donde se junta lo desconocido
y cae lo ausente
con lo que pudo ser y no pudo
aproximándolo a lo posible y a la nada

ahí miro,
a la erosión tenaz
que fue tu nombre
a esa huella esperada
y sin cuerpo
que se ahogó
sin recibirnos.