Desde los ojos de un futuro

No sé por qué
pero ahora,
los recuerdos
ya no tienen prisa
y detienen
su paso ante mis ojos
y dejan allí
sus perlas rodantes
de cristal opiáceo
que se desprenden
con una intensidad
desconocida,
hunden
sus blandas gotas nacaradas
sobre mi corazón vigilante,
ahora un rostro
que susurra,
ahora una imagen
que se revuelve
y de alguna forma se queda,
pasa sin avisar hasta el salón
y ahí,
como un lento relámpago,
muestra
su flagrante nitidez
su momento ya perdido
su cuerpo que tiembla
de fantasma y carne leve
volteado al otro lado de los ojos.

¿Duerme alguna vez acaso
la mirada?
esos rostros
que
descansan
plácidos
ausentes de su ausencia
y de su luz en la memoria
se muestran
como si no tuvieran duda
y me hablan en presente
sobre un tiempo
que no sabe situarse
y se confunde
con la misma seguridad de aquel instante.

¿Dónde miran
los ojos
cuando miran hacia dentro?
Las varices de las piernas
de mi abuela,
mi madre dormida en el sofá
en un verano
una tarde de domingo,
o aquel amor,
abriéndome la puerta,
sus enormes ojos
oscuros
pidiéndome
de repente
en plena calle
que la quiera.

Y
como entonces
tiemblo,
no sé qué hacer
con todo ello,
no sé qué decirles,
y callo,
no les digo
que siempre vi
su ausencia
desde estos ojos del futuro.

La cómplice

La madrugada se abre y muestra
las fauces de la angustia y de su asedio:
dos hileras negras y aserradas de colmillos
una boca oscura y acechante con los años,
así que hay que luchar
noche a noche
palmo a palmo
hasta hacerla compañera de la tierra
y sonreirle a veces
casi cómplice
como si fuera ese amor
que nunca estuvo
y desesperarla también,
un poco,
con victorias pírricas y efímeras
frente a sus fauces insaciables de futuros.

Y hay que mirarla a los ojos
cuando se pueda
y alzarle la náusea muy despacio
boca a boca a sus pupilas
para ganarse cada día su tregua caprichosa
golpe a golpe
cuerpo a cuerpo
y después,
llamarla a tu lado
por su nombre.
La angustia espera siempre en pie al silencio
y a la flaqueza de las horas
para vaciar de luz a sus probables,
así que
hay que conocerla un poco
y susurrarle
aunque solo sea para verla enfurecer
cuando le arrancas un brillo
y devoras su insomnio tumefacto
otra hora, otro minuto,
otro momento.

De algún modo se lucha
para no cerrar el mundo
todavía
a veces cuerpo a cuerpo
a veces con urgencia
y siempre
terriblemente solos,
tanto que,
hay noches en las que incluso ella misma calla
un rato
y duerme
preguntándose quién eres.

Miradla ahora,
es preciosa
y sin duda única,
dormida bajo su oscuro vestido
la nada tiene la piel blanca
y aún sin saberlo quiere
que el amor que quede en mí se imponga
y nos engañe sin motivo
callándole la falta de futuro
a esas fauces que esperan
tan hambrientas.

Lanza rota

Este rayo que estalla
y se detiene
trae su luz
en lanza rota
como si fuera
la fiebre extinguida
de tu aliento
o
su futuro
escrito a mano
sobre el horizonte
acristalado
de tu tumba.

Este rayo es
voz alzada,
es caudal
estropeado
y brillante
que se llaga
y precipita
de un cielo
de carbón.

Este rayo
despliega
y gira
el vientre seco
de tu muerte,
te reúne
y precipita
dividida,
y tú cedes,
eres ya,
calma
barro
y
lluvia.

Aquí estás,
naturaleza viva,
que humedece
mis ventanas
susurrando
repetida
su nombre
en este instante.

Despertar

Amanece
la esperanza se deforma
hasta la mueca
y entonces algo
inesperado
sucede
y la vigilia
oceánica se amarra
sedienta
a otro futuro
entremezclado
y nuevo
hecho
de remiendos
sin esperas
ni proyectos.

Ha saltado
sin voz
el empedrado
el tiempo
se ha hecho sordo
y fortaleza.
El absurdo,
ahora lo sé,
será sobrellevarte
partiéndome los labios
sin acuse de recibo.

Arácnidos

he soñado con arañas
y ahora
de repente
con mis muertos
no sé qué quieren decirle a mi mirada
ni traerle qué visión delirante de difuntos
pero no quiero perderme en aquello que señalan
y que agota el horizonte del mañana,
son mis muertos en la antesala de su muerte
en la última decadencia de su aliento
seniles, moribundos, consumidos
amarillos, titubeantes
perdidos
flacos
y solos
no sé por qué aparecen así
espantajos descarnados
simulando en cuencas huecas
sus rutinas extinguidas de vivientes
como si estuvieran aún sobreviviéndose
en redobles repetidos y reflejos
esperando retomarse la existencia

¿quieren mostrarme lo que costará todo?
¿echarme en cara el pellejo de la vida?
¿la absurdidad del recorrido?
¿por qué no me retoman mejor en su cariño?
¿por qué ya no me animan como hacían
a seguir bebiendo de la vida
a atragantarme en sus mareas
a perseguir otros amores
como si fueran todos el primero?
¿por qué no dais descanso
e insufláis algo de vuestra hambre de difuntos
a esta vida opuesta en rampa
que me descuenta siempre de vosotros?
dadme una tregua
¿tan negra será la nada?
¿tan trágico existir?
¿es eso lo que queréis que sepa
cortándome las noches
en laminas de angustia?
¿queréis acaso anticiparme
la apatía yerma de lo inerte?
¿es esa la manera muerta que tenéis de requererme?

no podéis reprocharme cada noche
más de lo que yo lo hago
no haber estado allí
cuando solos y ciegos
me buscabais las manos y la voz
para marcharos

tampoco entiendo por qué tres noches antes
os preceden las arañas en mis sueños
quizás os delataron
con su avance siniestro y retornado
la fragilidad nocturna de mi culpa
no entiendo por qué esta geografía no os detiene
si ya ni siquiera reconoceríais
mi proyectada carne decaída
ni sentís sus probables deshojados,
la concreción del tiempo me ha cerrado
en otro adulto anónimo
y sin más,
sois el eco que repela la consciencia
de lo que ya no compartimos
de lo que fuera que os llevasteis
apagando mis preguntas

abandonarme a este lado de la vida
gritarme cada noche vuestros nombres
es aún peor que lo que os hice
no quiero vuestros últimos momentos
no enviéis más arañas a mis sueños
o llevadme con vosotros
con aquel aliento nuestro
relleno de sentidos
a su cristal abierto y por tocar
quiero retomar en vuestras almas
todo aquel futuro de manos y mejillas
como antes de saber que estabais muertos.

Precipitaciones

rescato algunos restos
pedazos de canciones y huesos
algo se oculta y clarea en la cima
la ciudad queda abajo
pequeña y envuelta en un velo,
la niebla nunca se forma aquí del todo
chapotea en el aire y se deshace
dejando las manos frescas
y las fincas confundidas en el cielo.
desde aquí veo el tráfico,
el puente en el que acabaste con tu vida
asaltando la nostalgia sobre
el frío asfalto de noviembre
barnizado y tempranero,
como hoy
con mezcla en el aire
de humedad y barro
acequia, cañas y solares
que siempre te recordaba al colegio
a las vacaciones universitarias
a fugas y kilómetros.

¿pasaron coches aquel día?
¿los viste?
alguien me ha contado,
cuentan,
cómo pese a la altura y la caída,
una vez reventada
doblaste las rodillas
y te alzaste,
orgullosa,
y anduviste
con la cara hundida
en dirección contraria
como siempre,
con una sola zapatilla
con el cordón bien atado
y la trenza del pelo ensangrentado
apelmazada sobre el cráneo.

diez metros,
dos,
cincuenta,
dicen que recorriste,
que apenas te pusiste en pie me asegura el policía,
pero yo sé que
antes de caer definitivamente
pensaste como siempre
que el día era suave
que olía a futuro
y que quizás
te habías precipitado,
pero que, ya puestos,
aún podías ganarle un póstumo pulso a lo imposible
y recorrer algunos metros
descalza de una sola zapatilla
sonriéndole a la muerte
como solo tú sabías hacerlo
por encima de tu anorak blanco.

la otra,
la de tu pie izquierdo,
y el cordón bien atado
costó arrancártela,
la guardo en casa
debajo de la cama,
entre la ropa de invierno
y nuestro plumas.

Tachadura

Hay que claudicar a la llamada del momento
disolverse en la discontinuidad sobrevenida
que roza los instantes
revocando lo real
con la fría campanada del abismo
acudir a la llamada
que urge a dar salida
a lo hiriente versado en la experiencia
de la soledad atravesada
en cada uno de nosotros.

Hay que dudar nuestra existencia
a lomos de la luz,
verter nuestras tarimas,
hundir las cucharas
en el camino construido
de otros versos sin sentido
que nos muevan
a reinterpretar el pasado,
a escoger otros instantes esenciales
sobre los que construir el bosquejo
identitario de una vida
y observar lo desechado,
lo nunca sucedido,
y arrancarle
un fruto al futuro negado
y saborearlo entre los dientes
hasta hacerlo nuestro para siempre.

La felicidad, al menos en mi caso,
fue eso,
imaginarme extraviado
en un condicional desaforado
de proyectos de uno mismo,
fue observarse
empujando el predicado
hacia los sueños
en la duermevela anhelante
de otra historia
que ya no nos contempla.

Para ello
solo necesitamos
un instante ante el abismo,
un contacto fugaz con lo real,
saber que no somos,
que nunca estuvimos
permite retejer a la ligera
la historia de uno mismo
y flotar desmembrado
al ralente de sucesos cercenados
sin que importe que
la tachadura del mundo
sea la deriva idílica
del otro que nos nombra.