Despiece

Me he despertado con un par de mensajes en mi cuenta de Wallapop, duermo mal y poco, pensaba que había sido un entresueño, pero no, efectivamente, una parte de mí puso ayer en venta fragmentos rotos y usados de mi cuerpo mientras creía dormir en la única hora en que creí haber dormido esta semana.

Cabeza: motor de arranque defectuoso, insomne, delirante.
Corazón: desacompasado, introspectivo, sin apenas uso, siempre en garaje de esperanzas.
Manos: inquietas, lentas, de dedos deseantes.
Ojos: cansados de no verte, marrones oscuros casi negros con tendencia a ver fantasmas.

Sueltos 20 euros cada uno.
En pack, 60.
No negociables.

Miento,
sí, negociable,
urge venta.

El largo día acaba

Nadie nos habló nunca
del silencio de las cosas
del silencio casi yermo
e hiriente de la vida,
descubrirlo despacio
después de tus ojos
después de los ecos,
descubrirlo de golpe
y de repente
una tarde,
pasando los cuarenta,
mirando atrás,
mirando al frente,
algo aturdido
con la tercera cerveza
y las manos recogidas
como hacen los ancianos
con el silencio que les queda.

Los niños juegan en el parque.
Veo una araña en sus cabezas
que se enreda.

Escucho un
murmullo,
después
silencio.

El largo día acaba.

Manos

las manos se han paralizado
se niegan a escribir
y las comprendo
he probado a entintarlas
a bañarlas en agua hirviendo
con cucharadas de sal
a reconocerlas como propias
susurrándoles las carnes
que quiero recorrer
pero mis manos
sin previo aviso y por fin
se han detenido.

estas manos ya no quieren escribir
agotadas de su dueño y su habitaje
de la ansiedad descarnada y mediocre
de sus versos y borrones
que cruzan en vela noches consumidas
sin poder rescatar nada.

estas manos quieren detenerse
arrastrar al cuerpo con ellas
hasta llegar al corazón
enfundar el alma al guante
el recuerdo a la esperanza
y obrar hacia adelante.

estás manos piden carne
tus pechos y delirios
enjuagarse en tus arterias
abriéndote las piernas.

estas manos quieren labrarse el futuro
y el dolor silvestre de tu campo
sumergiéndose en el presente de tu goce
estas manos solo sienten no tocarte
más allá de sus sentidos
no inundar la llama turbia de tu herida
alumbrándote por dentro.

estas manos quieren chapotear en tu humedad
acariciarte con fuerza
ser enjambre al despertar de tus visiones
quieren ser las firmes plumas de tu fuga
oleaje constante e inquieto
que ni se cansa ni se agota.

estas manos cansadas de escribirte
y no tocarte se han paralizado
espero verte pronto y
enfundar tu deseo entre sus dedos
razonar tu fisicidad
cobijarte del hastío
exprimir el tiempo en tus fisuras
madrugarte a las seis de la mañana
deshacerte ese hueco breve donde sueñas
entre el cabello y la nuca cuando duermes.

estas manos cansadas de escribirte
y no tocarte
se han paralizado
al borde de la funda de tu adiós
no saben de tu cercana lejanía
culpan de ella a las palabras y a las teclas
a la angustia desconocida de tus labios.

las manos se han paralizado
no quieren tu nombre
se niegan a escribir
quieren tocar tu fantasía
y las comprendo.

Oscilados

la vida
se despliega en nueve ríos,
caudal blando
orillando el vientre
a lo esfumado.

tarde infernal de septiembre
un bar a las ocho.

el día
se consume y acumula
y entre la cortina inesperada
de la lluvia
el sol retumba.
prefiero
las aguas y el cauce,
la humedad infantil de las paredes
mientras apuro el trago
mojándome en la calle.

la lluvia resiste
a través del fuego
estirándose
avenida abajo
huele de golpe
a jazmín y a verano.

pido otra cerveza
calado de desorientación
y rumores
que filtran la mirada
a lo esfumado
de este atardecer
calle abajo
en la avenida,
marrón oscuro
calle abajo
en tus pupilas
manchándome las cuencas
y pensando en escribir algo
que permita maldormir
a la conciencia.

aquí está,
mucho tiempo después
tu serosa yema
que te entierra y desentierra
a golpes de barro y rescoldos
que se oscila solitaria y bípeda
en un hombre
a manos rotas
que palpita
sutura y mira
sobre la tierra yerma de los vivos.

Nueces

Saboreo un puñado de nueces
He despertado tranquilo
el desvelo agotó la angustia y el ansía del adulto.
Reconforta este remanso inesperado
es casi una victoria frente al mundo
sonrío, debo tener, ahora, un poco del rostro de los viejos
y una llama gris en la mirada
no sé lo que durará en la ciudad
este puñado de nueces en mis manos
y este rocío de amanecer estival
que casi me olvidan de mi mismo.
Podría ser cualquiera,
podría no recordar la línea de mi vida
incluso podría verte allá lejos, apoyada
joven y triste en tu ventana alquilada.
Huele a promesas repetidas
a otro día de verdad,
llega otro verano.

Yo entonces partía nueces con mi padre
y las separábamos de la corteza y del ruido
aquel agosto juntos
tórrido, eterno, inhóspito y cruel
mirándonos ambos a los ojos sin saber decir muy bien qué.
Me impresionaban las manos curtidas en venas de mi padre
me parecían capaces de todo
de tronchar el infortunio
de desnucar todos los miedos
de conseguir alzarme a hombros
y devolvernos lo robado.

No sabemos qué momentos se quedarán
pegados a nosotros.
Ahora tengo su edad de aquel verano
pero no aquellas manos
tampoco las suyas son ya fuertes.
Mi padre y yo partíamos nueces
las mañanas de aquel agosto
en que nos quedamos solos,
sentados bajo la parra y las uvas
entre aquel crujido de cáscaras
espigábamos los frutos
y separábamos las nueces,
había que aplicar la fuerza justa
sin hablar de lo importante.
Hacíamos algo mejor,
callarnos, reconocernos.
Mi hermano dormía,
mi hermana dormía,
y eran niños
en plena ola de calor y de cigarras.

En aquel verano cruel
vi temblar en silencio las manos de mi padre
supe entonces que algún día tendría sus años
jamás sus manos y solo,
a veces, las nueces que anticipan el dolor
reposado de los largos días del verano
pegadas a la piel y a la garganta.