Desde los ojos de un futuro

No sé por qué
pero ahora,
los recuerdos
ya no tienen prisa
y detienen
su paso ante mis ojos
y dejan allí
sus perlas rodantes
de cristal opiáceo
que se desprenden
con una intensidad
desconocida,
hunden
sus blandas gotas nacaradas
sobre mi corazón vigilante,
ahora un rostro
que susurra,
ahora una imagen
que se revuelve
y de alguna forma se queda,
pasa sin avisar hasta el salón
y ahí,
como un lento relámpago,
muestra
su flagrante nitidez
su momento ya perdido
su cuerpo que tiembla
de fantasma y carne leve
volteado al otro lado de los ojos.

¿Duerme alguna vez acaso
la mirada?
esos rostros
que
descansan
plácidos
ausentes de su ausencia
y de su luz en la memoria
se muestran
como si no tuvieran duda
y me hablan en presente
sobre un tiempo
que no sabe situarse
y se confunde
con la misma seguridad de aquel instante.

¿Dónde miran
los ojos
cuando miran hacia dentro?
Las varices de las piernas
de mi abuela,
mi madre dormida en el sofá
en un verano
una tarde de domingo,
o aquel amor,
abriéndome la puerta,
sus enormes ojos
oscuros
pidiéndome
de repente
en plena calle
que la quiera.

Y
como entonces
tiemblo,
no sé qué hacer
con todo ello,
no sé qué decirles,
y callo,
no les digo
que siempre vi
su ausencia
desde estos ojos del futuro.

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CINEMA

Miradas gravitatorias
que hunden bajo el peso de sus ojos
la luz que les alcanza
miradas capturadas que nos desnudan
sin quererlo
que intentan sostenerse
buscando al espectador a contraplano.
El niño que pasa justo ahora
por una calle de Berlín;
es el año 1900 y sus ojos
miran a cámara
y sale de plano
y se escapa.

Miradas que distorsionan el tiempo del que parten
y traen con ellas una nostalgia extraña
como descompasada
como la de un oleaje herido y derramado
sobre la lona de un espacio que se hunde,
singularidades
desamparadas ya de vida
proyectos de futuros
que todavía miran directos a los ojos
y preguntan
“¿qué seré de mí?”
“dime algo”
“¿qué me espera?”
y solo podemos hablarles de una historia
que les envuelve y no les nombra.

La foto de los trabajadores de la fabrica textil portuguesa de Erice
a principios del siglo pasado
el recorrido por esos rostros
la fragmentación en primeros planos de su espacio
el sonido de un acordeón
sus miradas, sus vidrios rotos
la anciana derrumbándose en las escaleras de la mujer pantera
Jean Seberg cerrándonos el final de la escapada
sin saber que años después
se suicidaría
Eusebio Poncela vampirizado en Arrebato
por una super ocho
las vistas de ciudades de hace un siglo
Berlín, Londres, París, Ankara,
las cámaras fijas
Las Hurdes sin pan
los rostros cincelados
a golpes de luz y plata
a tirón de manivela,
los cielos en blanco y negro
y metal fílmico
los borrones del mar contra las piedras
rompiéndose en espuma
en Inglaterra
los obreros saliendo de la fabrica
y fuera de plano a sus presentes,
y los vídeos domésticos,
mudos
discontinuos
sobre colores de ensueño
sobre amores muertos
a la luz del proyector
que ponía mi padre
una vez al año
allá por diciembre.

Y aquellos rostros
que otra vez
se iluminaban
colgaban tendidos
y se hundían
sobre una sábana blanca
que sujetada con pinzas
bastaba para sostenerlas
a su paso.

Obsesión

¿Cómo no obsesionarme contigo?
si la juventud se ha ido
y sé que no me amas,
si sé que ya no existes
y me ofreces en tu cercana lejanía
un borrador infinito de probables
una ansiedad de futuros
que desvelan lo real desde tu nuca
oscilando en tu flequillo
y en la delgada palidez de tu cintura.

Dime,
¿cómo no obsesionarme contigo?
si renuncié a la realidad
que no conmueve
y solo me sé ser
a través de la mirada
y de la luz,
si no soy yo
cuando soy
el que te mira
y espera que le mires
para sostenerse
en lo que tejes
cuando
al fin
por un instante
tus ojos vuelven
de allí donde estés
para mirarme.

Aguahelada

he borrado el brillo
de esta noche
esperando que
su carne escupiera
el destello herido
de tu cuerpo.

el tiempo estrecha
y cambia
el contorno
de tus ojos
que ceden lentos
y se abren
y se cierran
y me miran
una y otra vez
muchos años después
de verlos cerca.

esas lagunas tuyas
escarchadas de luna
y aguaheladas
por las que
a veces
te asomabas,
aquella mirada grande
que aplazaba
esta noche amarga
y
estancada.