Desahucios

Sucede a veces que las paredes hablan
que el silencio responde al tiempo con los ojos
de la lluvia sobre el cristal de la ventana
de la adolescente del segundo.

Así que te pones a tirar cosas,
esas zapatillas de deporte que ya no usas,
el calefactor que tanto consume y no calienta,
la vieja toalla de manos marcada por las huellas,
y la tiras
con el juego de sábanas sobre las que durmió
porque ya no calza ni se lleva bien con el presente
y regurgita en la noche su voz extinguida en la gotera
de esa pila de cocina que no reparas.

Los céntimos desperdigados del primer cajón,
algunas entradas de cine de reestreno, sesión doble,
un DNI caducado.
Te gustaría tirar también la extraña y blanca luz del sol
sobre las fachadas del barrio
los parasoles y el viento de noviembre.

Encuentras entonces una piedra con tu nombre,
una foto perdida
en la que ni siquiera sales y que quizás nunca existió,
sobre el rojo intenso de tu fuera de campo, su gesto,
su corazón vivo, sus labios.

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Bar Canadá

Lo más cerca que estuve nunca de Canadá,
fue contigo,
una noche,
en que me esperaste allí,
a la salida del cine de reestreno, sesión doble.

“Está cerca,
enfrente,
al cruzar la avenida,
hay un bar
allí te espero”,
me dijiste de cerca,
iluminada por la luz de la pantalla de cine
que hacia tu cara más blanca
y tus ojos grandes más oscuros.

Así que allí me quedé,
viendo solo
con la botella de vino
el último minuto de “It Follows”.

Al cruzar la avenida
supe que iba a cumplirse un pequeño sueño,
salir del cine
y estar
de repente y contigo
en Canadá,
porque así se llamaba el bar,
Canadá.

Nos tomamos una copa
en la calle,
tú te abrigabas
en el humo de un cigarro
de noviembre.
Habías visto a tu ex
dentro, en el cine,
“por eso te dije de esperarte aquí”.

Nos tomamos otra copa ahí fuera,
tenía frío
pero
tú tienes esa manera de hablar,
esa voz que me permite seguir tu hilo
el rastro de tu nervio con la vida
y con el mundo,
imprevisible,
inestable,
que sin embargo me calma
allá a lo lejos.

Esa noche
sin ningún motivo,
contra todo lógica,
supe
que me querías cerca,
que te gustaba.

Lo supe antes de cruzar la avenida
al esperar al semáforo rojo
camino de Canadá
porque
me miraste entonces
frente al otro lado de esa orilla
como miran
los que esperan a alguien
al otro lado del océano.

Vi el humo de tu cigarro
que se esfumaba en el presente
con tu aliento.

Fumabas abrigada,
y me sonreíste
por primera vez
como se reconoce a alguien
que llega de muy lejos.

Alicia en el pantano

Tras el drenaje parcial
los motores persisten
junto al pesado brazo de la grúa
que retira a zarpazos
el lodo y la humedad
de este pantano.

“En un par de días
como mucho la encontraremos”
me dicen
y me miran rostros rubicundos
por no tener lo que hay que tener
para hacer lo que yo hice.
Desde que me acusaron
he encajado puñetazos de hombres
en la sombra
y bofetadas de mujeres histéricas
que lloran
lo que no saben amar durante el día,
pero creedme,
para alcanzar ciertos placeres y juegos con la muerte
es necesario haberla rondado intensamente.

“¡El pantano,
está en el pantano,
allí la encontraréis!”
—os dije—
a vosotros que
pensabais que estas aguas quietas y olvidadas
no eran más que un cúmulo de naturaleza salvaje
que podía ser domesticada con dos órdenes
y algunos chubasqueros
como si de un alma humana se tratara.

Y aquí estamos,
el gran despliegue solidario continúa
los brazos mecánicos cavan y cavan
sin descanso
rebuscan
en el pequeño pantano.
Pero habéis encontrado más,
mucho más lodo y corriente
de los que esperabais tener que manejar:
“La incomodidad ha llegado, caballeros”
y claro,
se os resiste,
queríais recuperar muy pronto de su lecho
la perla que quise devolverle.

El barro y el lodo se espesan
la superficie de la naturaleza es resbaladiza
y no sabe de deseos
y las pesadas excavadoras son engullidas
en los bordes blandos del pantano
su tierra se entrelaza y disuelve capa a capa
con matices térreos
como si la atmósfera sin suelo de Júpiter
quisiera hacer pie aquí abajo
entre nosotros
para llevarse los pájaros
que trinan cerca
en plena lluvia
bajo casi otra tormenta.
Porque ahora llueve
otra vez
y es casi otra tormenta
y el avance es lento
y las maquinarias persisten
y rugen y chapotean
como elefantes hundidos
en las arenas blandas de Noviembre.

¿Por qué buscáis con tanto empeño?
deberíais estarme agradecidos
por romper lo cotidiano
y recordaros lo real del otro y de la muerte
que espera
en cada uno
de nosotros.
Ahora solo queréis reducir el sacrificio a su más puro cadáver
necesitáis tocar y ver
lo que ya no es
¿qué importa ahora el cuerpo de esa niña?
no podemos encontrar ya nada
de ella
buscáis huellas
como si todo tuviera un lugar donde encontrarse.

Pero la tierra se hunde y regenera
más y más,
se resiste
a desnudaros sus entrañas,
y a cada zarpazo el suelo se derrama
anegado y blando
como la barba de un padre que protege
su nueva carne que ha llegado.
De todo esto ya solo importa
que hayáis aprendido
a ver cómo se ahoga de golpe entre los dedos
la inocencia
mientras se le estrangulan las cosas y la vida.

No lo veis,
vosotros no lo veis
porque no miráis con los ojos el horizonte de la tierra
que une al tiempo lo terrible
y no miráis
ni reconocéis otros signos que los vuestros.
Mirad,
ahí están,
colgadas de la tercera rama seca junto a un nido
las bragas de esa niña
anudadas para que retuvieran lo que pudieran su último calor
ya casi de mujer,
es evidente
pero no las veis
y no solo porque están ahí
sino porque además
señalan justo el lugar
donde la sumergí.

Ahora que ya es tarde
os empeñáis
en buscarle al pantano su fruto más valioso.

La niña
tendrá un pañuelo
granate y estampado
de flores blancas
pegado a la garganta.

Se llamaba Alicia.
La he salvado.
Vivía perdida
y con hambre
en las afueras.

Ahora al fin
la conocéis.

¿Queréis saber lo último que dijo,
queréis saber su última palabra
la que se perdió proyectada
sobre la imagen fija de sus ojos?

Ese es el fruto que os robé,
ese es el que no tendréis nunca.
Buscad,
buscad,
como mucho hallaréis el cuerpo
y enterraréis de nuevo
el fruto seco
de todos sus posibles
que yo hice semilla
bajo el agua.

Todavías

Mientras queden trapos que echarnos a la boca
o gire tu remolino de noviembre
o me acompañes otro rato
hasta pararte
separando la curva negra del pasado
ahora que he visto cortada por la lluvia
tu sonrisa
ahora que te he visto
empapada
que a diciembre le faltan muchos pasos
que no voy a ningún sitio
que el alambre corta por los dos
el enjambre separado de tus sueños
ahora que aún queda algo de prisa
entre la noches
algo de insomnio en la columna
dolor balbuciente en los febreros
que las entrañas aún supuran
alzándote la voz que no conoces
ahora
mientras queden despertares cansados
estén tus lirios en la cúpula del tiempo
con todo lo incomprensible que nos mueve
o sienta de cerca la sed áspera
ahogarse de lleno en tus pupilas.
Mientras queden
terrones ansiosos en tus ojos
cervezas baratas en tu estómago
por aquí me tendrás
rondándote los pasos muy de lejos
sin esperar la lanza que no llega
calibrando la promesa de tu abismo
nutriéndole la luz a tu imposible.

Noviembre

El cielo se cierra
en breve lloverá
tormenta de agosto en noviembre
a través del tendido
enmarañado
de cables y antenas
siento un desplazamiento,
este momento ya fue y asalta
desjuntando ahora la mirada.

Borrasca luminosa a media tarde
la terraza
y la calle peatonal de este domingo
acarician el silencio
otra vez
hasta inclinarlo de rodillas
dejándonos su muerte.

Las fachadas al aire
gris, rojo,
negro y blanco
de algunas casas
de este barrio pobre
recién pintadas
ante el absurdo solitario
de un hombre detenido
que mira y busca
su maraña de antenas y cables
entre las nubes y el agua
entre tus gestos pasados
la eterna pregunta
su red elaborada del hambre
anochece y llueve
y la calle murmura
el aire que separa
mi carne y tu mirada.