Selfie

Ayer me mandé hacer un apaño. Ya está bien, me dije. Tantos botox, selfies y tatoos, tanta red social, gimnasio y felicidad a gogó esperando para todos, dependiendo solo de mí…Y yo aquí triste, decepcionado contigo y con el mundo. Intolerable. Atroz. Vergonzoso. Así que me dije que ya estaba bien que, “qué coño”, que “yo también quiero lucirme y ser viral con la imagen de marca que hemos hecho de nosotros, quiero que me vean y que llegue a tus oídos de zorra malcriada lo guay que soy ahora”.

Así que fui al esteticista, dije que quería un completo y el mejor, y lo quería ya, porque yo lo valía: el tipo me mostró un buen montón de piezas de carne, narices de estrellas, mandíbulas de no sé quién y no sé más, un montón de lonchas de sonrisas autosuficientes y bovinas de otros guapitos de cara, los ojos de su puta madre, los labios de Machín y el cantar vivo de un juglar. Vamos, todo el canon de belleza de la temporada primavera-verano.

Pero no, yo no quería eso. Le dije que me escuchara atentamente porque lo que yo quería solo se lo iba a decir una vez, lo que yo quería era una carnicería, una auténtica carnicería. Ansiaba sentir el dolor desgarrado de la carne abierta, la sangre caliente derramándose por mi cara.
Tenía un par de bocetos, por supuesto, un par de ideas sobre lo que deseaba amartillar en mi rostro, claro, como todo el mundo: le dije que me rompiera los dientes a puñetazos, que los empastara de estiércol y que los esparciera en mi jodida cara como le saliera de los cojones. Acto seguido debía insertar el pellejo flácido, mira, precisamente de mis cojones, en las mejillas, abrirme la nariz e inflarla a botox hasta que pareciera tu coño menstruado en carne viva.
En medio de todo aquello, en ese rostro, iría mi ombligo y en su centro, un puto tatuaje púrpura y minúsculo, una flor, que pareciera viva con mi nombre en japonés, porque soy un tío sensible y misterioso, o eso me dijiste. Respirar a través del ombligo en medio de mi cara era la guinda necesaria, una forma irreverente de decirle al mundo que yo era su centro y él era el mío. Iba a crear tendencia, no tenía ninguna duda.

Tuve que pagarle bien a ese cabrón forrado con rastas, al principio el pedazo de mierda se mostró incluso ofendido, pero luego disfrutó hasta el punto de cobrarme solo la mitad y rogarme que volviera. Cuando me marché de allí me daba las gracias, de rodillas, tenía los puños manchados de sangre y los ojos bañados en lágrimas.

Después te llamé y quedamos, quería que me vieras y tuvieras al fin un motivo de verdad para parecerte gilipollas.

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Sobre el cielo

Hay un barrio a medio construir
en la ciudad
donde los solares son como
fueron siempre
y el cielo es azul cobalto
y rojo furia a ciertas horas
con su ombligo bajo
trazado de violetas y naranjas
y ante él
hay plantada
como en un desafío ridículo
una sola finca
rodeada de malas hierbas
y espacios vacíos
y escombros de fábricas viejas
que suenan al andar
como suelos de pisos troceados
con azulejos de otras épocas
mordidos entre la piedra y la gravilla

la tarde se cierra y cae del todo
el barro y el viento
aun sacuden
este reducto inesperado
de solares y silencios
e inclina mis
visiones
a esas luces que iluminan
allá arriba
alejando la oscuridad
de los espacios acogedores
que son vuestros hogares

os veo,
pantallas planas os alumbran
con mensajes de whatsapp
cerca de los pechos

os veo,
de un lado a otro
rodeados de
luces cálidas
y azul cocina
y miro vuestra actividad siluetada
entre persianas y colmenas
colgadas
sobre mi cabeza
a la altura del cielo
y bajo mis pies
la gravilla retrocede
maleable
hasta hacerse pavimento.

me gusta
ver las sombras
a través
de esos huecos,
qué interiores
tan acogedores
cuando
no hay luz
para la noche
y nada dura
sobre el cielo.