El largo adiós

Los sueños se escaparon
y aunque uno despierte
a veces
con sus ojos
hay que hacer que no han pasado,
que siguen a la espera
tras la puerta
a un solo paso,
hay que tocar otras pieles
darles un nombre
negar la voz muerta
de su cuerpo frío.

Pero los sueños,
lo sabes,
se agotaron
te lo dice la noche abierta
que sangra y que supura,
ya solo se trata
de darles calor
y acogerlos como a un muerto
al que se amó
y del que poco a poco
perdemos su rostro.

Las colas del paro
la ansiedad
los cursos y las horas
la náusea
que espera agazapada,
también,
otra vez,
la cama solitaria.

Ya solo
se trata de ocuparse en otra cosa
de despertar
mientras los sueños se agolpan
y se convierten en fantasmas
aferrados al brazo de tus muertos,
llamándote,
seductores,
como si fueran ellos
los que sucederán más tarde,
como si aún esperasen tras la puerta
olvidándote del tiempo.

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Anónima alegría

Déjame escuchar otra vez
cómo fue tu paso suave
tu caminar mudo hacia otras partes
sin alejarte nunca demasiado
y te diré cómo fueron
antes de que desaparecieran
tus contadas vueltas a llamarme
cada vez más espaciadas
y menos necesarias.

Déjame inscribirte
en esa extraña sensación
que tenía al escucharte,
que era
como de pérdida reciente
de un pasado repetido
en el presente,
y perdona que no te entendiera
demasiado bien
cuando

hablabas de esa soledad
sin prestar atención
a nada más que a tus tristezas
ocasionales
de niña grande
que se llama mujer.

Déjame
que me alegre
sinceramente
como nadie lo hará nunca
de que te vaya
“todo bien”
ahora que,
crees,
que
no estás
sola.

Y déjame
ahora que te escribo
sin nombrarte
mirar desde aquí
cómo fue la última vez de
tu perfil iluminado
por la luz esmerilante
de una sala de cine
o por la tercera cerveza
de tu risa
déjame,
en suma,
inscribirte como fuiste
para que seas en alguna parte
cuando estás
y no sucedes nunca
en la soledad de nadie que te escribe.

Lejos de casa

Déjame conocer tus carencias
las ansías de esa clara sed
que te devora
el impulso de esa angustia
que te astilla
y que amaina blanda en tu dolor
quiero
viajar contigo a las esperas
conocer la rutina de tus días
quiero adivinar el deseo que te mueve
que te despierta y sacude a cada paso
en los caminos torcidos
que nos quedan
aquí lejos de casa
aquí lejos del cielo

bajo la piel de tus pupilas
quiero ver calmados
otra vez
tus ojos negros y afilados
para poder decirte:

no hay retorno
a casa
y en la reverberante estela
que se pierde
quiero
darte el paso de una orilla
que puedas tocar bajo la carne.