Del pulso

De la humedad de tu cueva
de la diáspora viva de tus ojos
también de tus labios y raíces
del sostén extraño del espejo
de la imagen
y el reflejo

De tu falta
y de tu pelo
de tus manos
y enredaderas
de las cinco de la tarde
azulejos y herrumbre
cuando duermes
besos
y paredes blancas de verano

De aquello que no sabes
y me cuentas
de lo que callas
y te guardas
de tu sueño
de tus piernas
de tu fuego
abierto al tacto
del deseo que no cubres
con tu nombre

De la llegada
de tu cuerpo
justo ahora
que sucedes.

lombrices

tengo lombrices hundidas
entre la carne y la arena
pequeños hoyos
nidos y orificios
sembrándome de larvas
y agujerándome por dentro.
estas lombrices blancas
escarban por dentro
y vacían,
y buscan.

aparecen cuando hay
baja exposición,
no hay cura,
pero esté tranquilo- me dice el doctor-
se trata de una muerte muy lenta
tardarían
unos doscientos años
cualquier otra llegará antes.

pero las he visto,
filamentos dentudos
delgados e insaciables
desbordando las arterias
confundiéndose con ellas
bebiéndose mi sangre
susurran y oscilan
una lengua muy extraña
hablan de sus cosas
capilares cuerpo abajo
de mi cuerpo nutrido
del hambre y de los tiempos
de carótidas ventadas
de vasos y hemorragias
de atajos y tristeza
de pulso y recorridos
de mi sangre tan oscura.
he cedido a su lucha
me han erigido un altar
destrozado el hígado
y la córnea
bebido el vaho de mis pupilas
comido la lengua
talado los dientes
y envuelto el corazón
que las bombea.

me culparon de su desgracia
de no encontrar una salida
y escarbaron
tanto
tan desesperadamente
sedientas
locas
ansiosas
ciegas

que te encontraron

sobre la cubierta
un esqueleto roído
una bandera rota
cabellera, sal y algas
un mástil partido en la cubierta.

dudaron si devorarte o besarte
aullar o lamer
vaciar de voz al verbo
sangre o fregadero.

cuando el mar rompía
a pedradas las pupilas
y la sed era insaciable
me negaste una palabra
donde ahogarnos.