El largo adiós

Los sueños se escaparon
y aunque uno despierte
a veces
con sus ojos
hay que hacer que no han pasado,
que siguen a la espera
tras la puerta
a un solo paso,
hay que tocar otras pieles
darles un nombre
negar la voz muerta
de su cuerpo frío.

Pero los sueños,
lo sabes,
se agotaron
te lo dice la noche abierta
que sangra y que supura,
ya solo se trata
de darles calor
y acogerlos como a un muerto
al que se amó
y del que poco a poco
perdemos su rostro.

Las colas del paro
la ansiedad
los cursos y las horas
la náusea
que espera agazapada,
también,
otra vez,
la cama solitaria.

Ya solo
se trata de ocuparse en otra cosa
de despertar
mientras los sueños se agolpan
y se convierten en fantasmas
aferrados al brazo de tus muertos,
llamándote,
seductores,
como si fueran ellos
los que sucederán más tarde,
como si aún esperasen tras la puerta
olvidándote del tiempo.

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Promesas del Este

Una y otra vez
una y otra vez
sueños extraños
poblados de nieve
y portales grises
en calles nocturnas bajo cero
de ciudades tan lejanas
que no existen
al tacto de una mujer
de piel blanca
sin rostro
ni pupilas
que me pronuncia
y que no existe.

¿por qué?
¿por qué?
¿son estas las calles
de que hablaste,
es esto la patria del olvido?

y allí entre el frío
y el aliento
el engranaje huesudo
y cuarteado
de la vida
relincha y se astilla
al calor cercano
de sus labios,
como un mecanismo de anticitera
fuera de lugar
junto a su lengua
tan de carne y plumas
antes o después
de algún sitio
donde fuimos.

Tenemos las manos
en los bolsillos
del otro,
tiemblo
como un pájaro ciego,
bajo la luz nacarada
de farolas tenues.

Cuando despierto,
ella tarda en agazaparse
y retirarse
y las entrañas están
de nuevo
abiertas a su voz
y anegadas de hambre
y de posibles.

Después,
queda el aroma,
su abrigo oscuro
de sueños hápticos
y amor rojo
poblado de nieve.
Queda también
por un instante
un eco de piel blanca,
una promesa de nieve
despoblada,
una soledad
sin rostro
ni nombre
que me pronuncia
helada
y que no existe.

Eso

No sé por qué
he soñado hasta catorce veces
con este atolón
recorro su costa y ni un alma
solo mis pies, la arena volcánica, el océano y el cielo
el sol anaranjado detrás de las palmeras

la brisa alcanza finalmente la tormenta
no sé qué edad tengo
el fuego escupe y prende las rocas y el aire
de repente no recuerdo ni mi nombre ni mi voz
el cuerpo ha desaparecido
la visión se ha estirado
la conciencia se divide y multiplica
podría ser cualquier cosa
que pudiera suceder

la tierra tiembla
estallan los volcanes
una sombra se oculta
un borrador prehumano y deforme
se desliza lejos a mi espalda
y huye
entonces
un sonido horrible
de algo inconcebible
omnipresente y eterno
ni vivo ni muerto
desgarra el tiempo y sus costuras
anidando
en el último rincón
del corazón del hombre que vendrá

el mar retrocede y rezuma
sobre un nuevo abismo
que une las cosas que nombramos

no debería estar aquí
algo me ha visto
y
sea lo que sea
me ha encontrado

el sueño se repite
despertar no es despertar
la realidad es solo un rastro que delata
nuestra posición en el tiempo de este lado
algo hambriento husmea mi rastro
y quiere saciarse
y viaja incansable a través de los eones

“eso” está a punto de alcanzarnos.

Intrusos

toda esa locura rugiente del pasillo
arriba y abajo
a las tres y veinte de la madrugada
esas voces sin cuerpo ni tiempo
que recorren
sus memorias extinguidas
cada noche
esas manchas trasnochadas
más allá de la palabra y del insomnio
que se agolpan en el aire
que persiguen
las ansías de un cuerpo que las calme
se acercan a mí
vienen rotas
y ocultas
cuando duermo
toman aromas ya perdidas
y fragmentos
vierten sombras y
disfraces
en mis sueños
buscando
los golpes de la carne
y el deseo.

Ayer acaricié una voz
también la quise
y le di forma
pude oírla respirar
cerca de mí,
el pasillo es largo
la noche se curva
y al fin
parece eterna.

Al este

Recurro a veces a silencios
que dejaste colgados
en sueños sin colores,
en turbios amaneceres de resaca,
taquicardia de ti
y
de tus párpados caídos
dormidos junto a mí.
A oscuras
un relámpago recorre
tu columna pálida,
estirada
y
el eco
sacude el fondo de tus ojos.
Quise coserlos a tus sueños
y
perdí todos tus días.

Quise coser
el hueco de tu líquida presencia
antorcha blanda
derramada
y escindida entre mis noches
que se oculta y transmigra
en cuerpos vacíos,
en gestos mutilados,
en sombras parecidas.
Quise coserte
y recobrarte un instante
en carnes decaídas,
en amores líquidos de insomnio,
en venas reventadas.
Labios rotos
de ansiedad y de querencias.
Nadie como tú
cuando reverberabas encendida
y creía que
eran lo mismo
mis ojos que los tuyos.
Sí.
Quise coserlos a tus sueños
y
perdí todos tus días