El largo día acaba

Nadie nos habló nunca
del silencio de las cosas
del silencio casi yermo
e hiriente de la vida,
descubrirlo despacio
después de tus ojos
después de los ecos,
descubrirlo de golpe
y de repente
una tarde,
pasando los cuarenta,
mirando atrás,
mirando al frente,
algo aturdido
con la tercera cerveza
y las manos recogidas
como hacen los ancianos
con el silencio que les queda.

Los niños juegan en el parque.
Veo una araña en sus cabezas
que se enreda.

Escucho un
murmullo,
después
silencio.

El largo día acaba.

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Del pulso

De la humedad de tu cueva
de la diáspora viva de tus ojos
también de tus labios y raíces
del sostén extraño del espejo
de la imagen
y el reflejo

De tu falta
y de tu pelo
de tus manos
y enredaderas
de las cinco de la tarde
azulejos y herrumbre
cuando duermes
besos
y paredes blancas de verano

De aquello que no sabes
y me cuentas
de lo que callas
y te guardas
de tu sueño
de tus piernas
de tu fuego
abierto al tacto
del deseo que no cubres
con tu nombre

De la llegada
de tu cuerpo
justo ahora
que sucedes.

Voces distantes

Ropa tendida
recién lavada en el balcón
y el calor plomizo
y lento
las ventanas abiertas
las paredes blancas
casi a las cuatro de la tarde
como en un cuadro de Chirico
con la televisión de algún vecino
en pleno tiroteo de far-west.

Por lo demás,
la casa calla
su terrible horizonte de soledad
y sangre lenta,
de vez en cuando,
mientras los demás duermen
yo entresueño,
tu voz distante
a veces
ronda cerca
sola
y
trémula
como un pensamiento.