Kraken

Unos enormes tentáculos,
enraizados en el núcleo de la tierra
surgieron del fondo del océano
como estrías de lava palpitante
de un volcán marino
y ardientes
de olas y espuma
partieron las aguas,
evaporaron el mar,
y se elevaron en plena noche
directamente hacia las estrellas
directamente hacia la luna.

Yo tenía los nervios sedientos de tu nombre
así que agradecía que sin previo aviso
la realidad se estuviera haciendo añicos
delante de mis ojos y los tuyos
allá donde estuvieran.

Eran ocho
los tentáculos de vapor incandescente
que poco después
la alcanzaron y envolvieron
y se aferraron a ella.
Me conmovió la fuerza de su necesidad,
también el deseo, el anhelo de una espera
que despierta ciega
y que se sabe
sola.

Admiré aquel acontecimiento,
aquella grieta viva de pura abstracción
e irrealidad,
esos ciclópeos tentáculos del Kraken herido
de las entrañas de la tierra
que habían despertado de repente
eran todo un revés a la estulticia
de los días
y los días
y los días.

Envueltos en cortinas de vapor
aquellos tentáculos pulposos,
todavía incandescentes,
refulgían
entornados del agua de sus mares
y con el nácar ardiente de la tierra
envolvieron a la luna
y la abrazaron
con tanta sed
que la luna comenzó a astillarse
hasta que saltó de sus goznes
como madera vieja.

Sus pedazos flotaron lentamente
y después
cayeron
y cayeron
y cayeron
en miles de dedos
de blanco reluciente.

Así que abrí una botella de vino tinto
mientras los tentáculos se retiraban
de nuevo a sus entrañas
con su amor roto en el aire.
Trozos perlados de la luna
se desprendían sobre la tierra
como vidrios rotos de glasé.
Apuré el trago.

Al día siguiente
la ciencia le daría un explicación a todo.
Al día siguiente,
con los mares aún revueltos
vería una foto tuya de perfil,
en ella sostendrás
una pequeña roca lunar en la palma suave
de tu mano
y bajo ella aparecerá otra,
entrelazada,
que ya no es la mía.

Bar Canadá

Lo más cerca que estuve nunca de Canadá,
fue contigo,
una noche,
en que me esperaste allí,
a la salida del cine de reestreno, sesión doble.

“Está cerca,
enfrente,
al cruzar la avenida,
hay un bar
allí te espero”,
me dijiste de cerca,
iluminada por la luz de la pantalla de cine
que hacia tu cara más blanca
y tus ojos grandes más oscuros.

Así que allí me quedé,
viendo solo
con la botella de vino
el último minuto de “It Follows”.

Al cruzar la avenida
supe que iba a cumplirse un pequeño sueño,
salir del cine
y estar
de repente y contigo
en Canadá,
porque así se llamaba el bar,
Canadá.

Nos tomamos una copa
en la calle,
tú te abrigabas
en el humo de un cigarro
de noviembre.
Habías visto a tu ex
dentro, en el cine,
“por eso te dije de esperarte aquí”.

Nos tomamos otra copa ahí fuera,
tenía frío
pero
tú tienes esa manera de hablar,
esa voz que me permite seguir tu hilo
el rastro de tu nervio con la vida
y con el mundo,
imprevisible,
inestable,
que sin embargo me calma
allá a lo lejos.

Esa noche
sin ningún motivo,
contra todo lógica,
supe
que me querías cerca,
que te gustaba.

Lo supe antes de cruzar la avenida
al esperar al semáforo rojo
camino de Canadá
porque
me miraste entonces
frente al otro lado de esa orilla
como miran
los que esperan a alguien
al otro lado del océano.

Vi el humo de tu cigarro
que se esfumaba en el presente
con tu aliento.

Fumabas abrigada,
y me sonreíste
por primera vez
como se reconoce a alguien
que llega de muy lejos.

Aquí

Aquí en mi barrio
impera el alboroto
la grasa pellejuda
el vocerío y la tristeza
en la carcajada descarnada
de lo real expuesto al sol
cargado de vino de mesa y
cubatas chinos de las cinco
del paro a partir de los cuarenta.
No se conoce
la cuenta de horas rotas
pendiente de los bares
y cunetas,
las reuniones sin hilo
de Larios y Wistokas
tostando la sangre
ya esquilmada
en voces rasgadas de coñac
y gestos extrañados
que escarban en el aire
algún remiendo
momentáneo
que demude
los ecos constantes
que cabalgan al fondo del copazo.
Mientras,
los ojos detenidos
hacia dentro
los carrillos encendidos
de humo turbio y risas rotas
huyen
derramando
los descensos amargos del ayer
que ya retorna.

Combate

Lo mejor de acostarse borracho
es lidiar con el alcohol
enjuagar en vino el presente
derrotar a la noche de antemano
sorprender a la desidia
con otro asalto en pie sobre la lona.
No cedas,
encaja eso
recoloca tus entrañas entre asaltos
que se joda
que no cese tu odio ni tristeza
que no olvides los nombres
que no te tumbe su desgarro
ni te anule su gancho de derechas.
Cágate en su puta madre
mira su imagen borrosa
y ancha
que privatiza y niega al hombre
que se mueve como un ángel
tan anónimo y cobarde
que se pretende lógico
y sin rostro.
Partírselo,
cómo sería partírselo.
Ahí viene,
sonríele cuando se oscile
dispuesto a machacarte,
tú ves más que él
a través de esa brecha
escrita en la ceja
que no para de sangrar.
Siente los golpes
y el sabor salado del sudor
en la comisura rota de tus labios
mientras la piel
se despelleja
y los asaltos se acumulan
hasta que
ya nadie te espere
ni en tu rincón
ni en la grada.
La soledad es una liberación
del cuerpo machacado,
el mejor golpe de orgullo,
un no ceder porque no me da la gana
porque la memoria de los
que se llevó
o han quedado atrás
es tuya
y te sostiene
aunque no pueda haber ya sombra
ni amor que te suture.

Desplazamientos

No lo sé
no sabría decirte
de qué lado caíste,
qué queda de tu nada
en este futuro presentado
tras tu piel desterrada.
No sé,
no sé qué hacer
con tu imagen anclada
del lado borroso de mis ojos.
He intentado
atarla a la matriz angosta
de los días,
confundirla en el consumo
de este mundo liberal,
domarla de vino y drogas,
olvidarte con prisas y
objetivarte despacio
en el pasado inocente
de otro yo
que no cabe en
la línea narrada de mi vida.
No sé,
quisiera que fueras
solo esa frase herida
que pronuncia
quien no se reconoce en el
discurso de uno mismo,
un destello ocasional
que enmudece bajo el peso
material de la rutina.
Pero tu imagen
no se asienta y
me pronuncia, me reclama
me empeña y me delira
la urgencia de encontrarte
cuando ya
solo tienes cabida
en el ciego abismo
de uno mismo.