Luces de bocana

 Enero es un eco que boquea 
 a las cinco de la tarde,
 tengo ya esa edad 
 en la que los fantasmas pierden paso
 y disuelven sus gestos y sus pieles
 sobre la arena de mi nombre.
  
 El cielo vibra y atardece 
 trae el mar hasta mis huesos
 y desciende por la piel fría que rompe
 en luces de bocana 
 lo que una vez fue tu rostro junto al mío,
 llovía fuera
 y todavía era tres de enero.
  
 Sí, ondea una búsqueda 
 que ya no parece mía
 solo una inercia
 un impulso de amor
 en la espuma de las rocas
 se lleva tu imagen de salitre.
  
 Madre,
 estás confusa,
 yo también,
 pero
 hay al final del espigón dos luces de bocana
 una roja, otra verde, más lejana,
 luces,
 que siempre se entrecierran a la noche
 y nos saludan pegados al cristal de tu ventana
 sobre el mar y desde el mar
 al firmamento 
 la mitad del negativo de tus ojos
 la mitad materia y sueño muy cansado. 

Hogar

Esta lluvia pisa el suelo con los pasos pequeños de los muertos
y posa tu cuerpo fantasma en los ojos de mis manos
sobre el cristal de terciopelo de esta tarde
que te cuelga desde dentro.

Esta tarde tan lluviosa cuenta algo,
algo de la escaramuza del tiempo en pleno marzo,
algo del hogar que no está dentro de esta casa solitaria
ni fuera
a la luz de otras luces y balcones.
El agua que cae justo después del invierno
nos dice
que el hogar solo es memoria
en los ojos perdidos de los muertos.

Despertar en abril

Se olvida uno tanto de si mismo que se reencuentra a veces en su piel
sin capitán de yate y con la palabra extrañada de su voz y su cordura,
recomponerse,
con la continuidad reescrita en dos frases de espejo
ante el espacio abierto de los ojos justo antes del trabajo,
cuando apenas hay tiempo para nada más
que un café que sube de nuevo las esperas
que se cambian de ropa con el pijama viejo de las horas.

Levantarse es alzarse sobre el ancla de un despertador que espera
como el puerto al viento de sus naves,
es volver del mundo verdadero de los sueños
donde descansa el tiempo y el calzado
donde te encuentro a veces
y se reescribe la carne de tus labios,
porque es un accidente reordenarse en los días
de este cuerpo retomado con prisa
con una mancha de sangre en las encías
y una limpieza rápida de dientes.

Alzarse los párpados delante del espejo,
repetir tu nombre y tu pasado sin abrir la espera
y no encontrar la tierra en este horizonte de sucesos.
Este cuerpo mío de hoy me parece hecho de piel y de rarezas
de surcos nuevos y carne lenta
al cultivo de fechas y menú de calendarios.
Es extraño el papel de tus besos que siempre me despiertan,
aunque sea un miércoles de abril lluvioso,
aunque duerma solo,
sobre la flecha del tiempo que aun te sueña.

Mañana, en el café

En diciembre
el frío viste
mejor las experiencias
y es cierto que las miradas se vuelven
más sedientas
y que los nombres quieren pronunciarse.

Y así es cómo
todavía adivino
en tu gesto
una promesa, una pausa,
el silencio de dos distancias
que se aproximan
descubriéndose.

En este mes,
en que el tiempo se mide diferente
pienso,
cuando me miras ahora,
en cómo te miraría
hace veinte años,
en lo diferente que sería,
y me gusta esta pausa nueva,
este recodo que comienza a darme el frío
aprecia mejor la grieta de tu mirada
porque abriéndose paso ahora
entre la maleza de esta vida
y la soledad selvática del tiempo
están tus ojos.

Detrás de ellos,
sucede esa cosa incomprensible
y sedienta que vive y que eres tú.

Ya no lamento tener veinte años
porque mañana sabré ceñir
el cristal de esa mirada de aguas lentas
para rescatarte otra vez de mi refugio,
porque mañana habrá otra pausa
ya sin ti
que me pregunte por los dos
con el café de las cuatro de la tarde
en la calle peatonal
al sol de invierno.

Ya no soy joven,
y estoy aprendiendo sin querer
a besar un poco las miradas
y a detener el tiempo del secreto.

Envidia

De los restos del café
en el vaso
que dejas en el fregadero
con la cuchara ladeada
y tus labios por quitar
antes de salir
muy por la mañana
y casi dormida
a trabajar.

De tu pijama tirado sobre la cama
de las monedas extranjeras
que tendrás ahora
en tu bolsillo,
de tus tiques de compra
de tus envases vacíos
de todo lo que dejaste por recoger
y a medias,
de ese cigarro
cuando piensas que deberías dejarlo
y no puedes.

Envidia
de la piel de la fruta que queda
entre tus dedos y el cuchillo,
de tu nueva casa
de la botella de vino que compartes
a medias,
de la repisa de la ventana
en la que te apoyas
cualquier noche,
de tu ropa usada esperando en el cesto
del café que sobró en la cafetera
del agua que gotea tras tu ducha,
cuando te has ido,
de todo aquello que no ves
pero pronuncias
y en lo que ya no piensas
pero tocas.

Envidia
de la señal con el nombre de tu ciudad
nueva
de su desvío en la carretera
de la guantera de tu coche
de las llaves de casa
entre tus dedos
de lo que haces
mientras piensas otra cosa.

Envidia
de lo que
dejas atrás justo ahora,
de tus calles nuevas
de tu impaciencia
sin mi nombre
de tus palabras
recién aprendidas
en otro idioma,
de los espacios vacios
de tu ropa tendida.
Envidia
incluso
de tus días malos
de todas esas cosas que
antes de perderse
acaban de pasarte.

Envidia
incluso de mí
cuando te vi dormida
y celos también
y a veces
de la muerte.

Asiento 20B

Tengo un asiento designado al azar
y a la izquierda una chica de poco más de veinte años
y una ventanilla.
A veces miro el mar
allá abajo
otras las nubes blancas y suaves
y otras sus piernas bronceadas
tan por encima de la tierra
ahora que duerme
y no nos conocemos.

Al fin tengo la vista
a la altura de un ala blanca atornillada
entre el cielo azul abierto
y las manos perdidas
de otro verano que se acaba.

Una azafata del avión tiene
eso que tardo siempre en descubrir
un poco,
ese poso hipnótico bajo unos ojos oscuros
que dudan
que no se saben
que requieren de una mirada atenta
para mostrarse.

Lo veo en su forma de decir que no habla español
y sigo ese rastro hasta su boca
y lo sigo cuando se enmaraña en sus dedos
al mostrar, brazo alzado,
los boletos del “bingo free”
mientras una voz anuncia
una rifa solidaria
para niños terminales:
“Uno, dos euros.
Cinco, siente euros”.

La miro,
miro fijamente el misterio
de esa chica que nunca habló mi idioma,
que mantiene en alto
boletos que pueden darnos
“dos mil euros
en pleno vuelo”
mientras me pregunto si tendrá entre ellos
la combinación
de un número ganador
o el de su móvil
o quizás el de una fecha que todavía
esté por venir,
incluso para quien viaje sin equipaje facturado
y esté cansado.
Incluso aunque,
de repente,
allá arriba,
en plena rifa,
al gesto de bajar sus brazos y mirarme,
como a una orden suya,
la chica dormida de la ventanilla
apoye en mi hombro
su cabeza
y su aroma
de otro tiempo.
Yo miro por su ventanilla,
recojo
sus piernas dormidas,
su tacto en modo avión,
miro en los ojos de la azafata
que más tarde me dirá en inglés
que pliegue la bandeja
que dejé abierta solo para eso.

Y miro
a esas nubes blancas
del ala izquierda
que saben al jengibre
que ponías en el té
cuando quisiste conocernos
y dejaste algo en las alturas.

Whatsapp

Es tu voz,
a través del whatsapp,
junto a tu nueva foto de perfil
y tu estado “disponible”, escrito en portugués.
Es un audio
preguntándome si fuiste conmigo a una exposición,
que te disculpe,
que tienes mala memoria.

Sí, aquel día ibas de blanco,
te vi llegar tarde esperándote a cien metros
nos atardeció en el Carmen y ya era octubre
cuando el cielo se incendió como un verano,
añadiría que tu piel era suave
que la juventud se iba
que intenté sostener muchas veces
las imágenes de aquel encuentro
con algunos versos
y que de aquello solo queda el temblor
de estar ahora
y de repente otra vez y sin quererlo
ante tu voz
y de volver a escucharla
despreocupada del tiempo que nos ha pasado por encima.

Pero esperas mi respuesta en línea,
una que no te incomode
porque todo quedó claro
en estos tiempos líquidos
sin cuerpos a los que aferrarse
de verdad.

Finalmente te contesto:
que sí,
que fuimos juntos,
te digo,
y que no recuerdo el nombre de aquel artista.
No importa, me dices,
que ya lo buscarás,
añades.

Me deseas buenas noches
en portugués,
yo recuerdo algo más
sobre una ventana de San Petersburgo
sobre los muertos vivientes de Spoon River
que tanto te gustaron, creo.

Qué importa que dudes
si fue conmigo aquella tarde o no.
Mientras,
me mandas dos fotos:
una de tu gato derramando la leche,
otra de la tortilla de patatas que acabas de cocinar.

Tus Presentes

No me llevo bien con el presente
pero cómo podía decírtelo,
cómo podías saberlo
si mi voz callaba siempre entre tu piernas.

No, no me llevo bien con el presente
los relojes me marcan otros tiempos
siempre fue así, lo supe pronto
y cada nuevo amor me lo recuerda:
el segundero está destartalado
la línea temporal viaja a saltos y galopes
va y viene, rompe
a horcajadas de entredientes y desvelos
rostros y más rostros
todos tuyos.

Convivo mal con el presente,
me llega siempre tarde y repetido.
Te reirás, pero resulta que ahora estás
y que te siento
aunque, a veces, confunda tu nombre con el mío.
Hay momentos,
lo confieso,
en que estoy vivo frente a cada uno de tus gestos,
que contesto tus frases,
que te beso y que te busco
como si aun estuvieras sucediendo.
Y esos momentos tan preciosos
se enredan con tu flequillo liso,
se repiten con tu sombra breve y suave
entre mis manos.

Tú, seas quien seas ahora, ya no me llegas nunca.
Tu imagen viene después, cubista y fugitiva
entremezclada de hechizos y carencias.

Así que no,
no quiero llevarme bien con el presente
porque es así como te siento.
Qué otra cosa es la locura
sino anclarse uno mismo
entre dos tiempos.

Es hora de acabar y de olvidarte
eso me dicen otros
y esto te digo cuando sueño:
“ahora que estás
y no estás te lo repito:
no,
no me llevo bien con el presente”.

Pero ¿cómo podías saberlo?
¿Qué hubiera cambiado?
cómo culpar a esos ojos tuyos encendidos
cuando el deseo recorría vivo tu cintura
y escalaba hasta tu boca
entre el cine
y el vino de entrecopas
con los días de invierno con tu nombre
junto al mío,
mensajes escritos,
ya muy de madrugada.

Navidad

Es Navidad,
balcones cerrados, vaho
y cristales claros,
sobre el aire y las fachadas
papel mojado de esquirlas y entrevelas,
Diciembre se desangra
al sol sin fuerza en las fachadas.

Con el pie cambiado y sin querer
uno acude a sus citas solitarias,
pero al álbum propio se le cae
una vida que notas ya cambiada.

Paseas solo por el puerto,
al aire frío y al abrigo del salitre,
al muelle del mar estanco
que tiembla de una forma diferente
y se ennegrece.

Es diciembre,
el mar le habla al hormigón
y tú preguntas sin hablar
qué ha pasado,
qué fue de aquellos regalos
de nombre equivocado,
de los espejos que cayeron
sobre los ojos de otro invierno.

Es Navidad
y las pocas voces que somos
en casa de mi padre
suenan de forma diferente
mientras sonríen prestadas
al alma de los otros,
los que están las ofrecen
sin saberlo,
las dan a los que ya que no se saben
que ya fueron.

Te echo de menos,
porque Diciembre no me oculta ya sus manos,
ni me da las tuyas en su menú de muertos con sonrisa,
en su humedad extraña en sobremesa.

El año agoniza y se revuelve
y
son solo,
las ocho de la tarde.

China de bar

A esa camarera china que vi un día
a través del cristal sucio
de un bar mal iluminado,
a su espalda surcada en jersey blanco
por las luces del semáforo, el Bazar
y el ruido de la calle,
a su mirada colgada,
a su pensamiento blando
sobre la superficie de un rostro ensimismado
por las aguas turbias de esta ciudad
que atardece siempre tarde.

Creo, china de bar,
que a tu soledad que es solo tuya
le prometieron otras cosas,
te lo digo ahora que casas tan bien con la cerveza
y el despertador sin alarma del parado
de esta barra plateada
que es la ciudad en pleno invierno.

Ambos creo que soñamos,
cada uno a su manera,
soñamos con cuerpos del pasado
y con tierras que se reman cada día
con los ojos entornados hacia dentro.