Bar Canadá

Lo más cerca que estuve nunca de Canadá,
fue contigo,
una noche,
en que me esperaste allí,
a la salida del cine de reestreno, sesión doble.

“Está cerca,
enfrente,
al cruzar la avenida,
hay un bar
allí te espero”,
me dijiste de cerca,
iluminada por la luz de la pantalla de cine
que hacia tu cara más blanca
y tus ojos grandes más oscuros.

Así que allí me quedé,
viendo solo
con la botella de vino
el último minuto de “It Follows”.

Al cruzar la avenida
supe que iba a cumplirse un pequeño sueño,
salir del cine
y estar
de repente y contigo
en Canadá,
porque así se llamaba el bar,
Canadá.

Nos tomamos una copa
en la calle,
tú te abrigabas
en el humo de un cigarro
de noviembre.
Habías visto a tu ex
dentro, en el cine,
“por eso te dije de esperarte aquí”.

Nos tomamos otra copa ahí fuera,
tenía frío
pero
tú tienes esa manera de hablar,
esa voz que me permite seguir tu hilo
el rastro de tu nervio con la vida
y con el mundo,
imprevisible,
inestable,
que sin embargo me calma
allá a lo lejos.

Esa noche
sin ningún motivo,
contra todo lógica,
supe
que me querías cerca,
que te gustaba.

Lo supe antes de cruzar la avenida
al esperar al semáforo rojo
camino de Canadá
porque
me miraste entonces
frente al otro lado de esa orilla
como miran
los que esperan a alguien
al otro lado del océano.

Vi el humo de tu cigarro
que se esfumaba en el presente
con tu aliento.

Fumabas abrigada,
y me sonreíste
por primera vez
como se reconoce a alguien
que llega de muy lejos.

Expositor número doce

Los días extraños han llegado
han apelmazado su careta
se han vuelto pegajosos y lánguidos
como un calor mal aireado
como aquel muerto del expositor número doce,
¿te acuerdas?,
cuya voz sin labios preguntaba:
“¿cómo se sale de aquí?”.

Hasta el cansancio es diferente,
se ha vuelto el de otro,
hasta cuesta acordarse del presente
reconstruir su línea, recomponerse,
ahora
hasta el insomnio se sabe en la memoria,
que se estría y anida
como una araña
entre la garganta y el aliento.

La sonrisa arranca despacio,
alarga los finales
cuando te miro,
suma curvas y confusiones,
suma nombres y pieles
aromas y tactos,
te acumulo,
no te ofendas,
al contrario,
me gusta verte desnuda
y pronunciarte de cerca.

Somos dobleces,
cuerpos,
sobre una memoria encapotada,
somos un cielo críptico
abrasador
que se engancha y mira,
que se revuelve un instante.

Somos ese cielo
y sus dedos alargados
señalan ahora a la orquesta
que toca detrás del telón
que repite nombres,
desafina aromas,
retumba y mezcla
un presagio vacío
que retorna a por nosotros.

El largo día acaba

Nadie nos habló nunca
del silencio de las cosas
del silencio casi yermo
e hiriente de la vida,
descubrirlo despacio
después de tus ojos
después de los ecos,
descubrirlo de golpe
y de repente
una tarde,
pasando los cuarenta,
mirando atrás,
mirando al frente,
algo aturdido
con la tercera cerveza
y las manos recogidas
como hacen los ancianos
con el silencio que les queda.

Los niños juegan en el parque.
Veo una araña en sus cabezas
que se enreda.

Escucho un
murmullo,
después
silencio.

El largo día acaba.

Del pulso

De la humedad de tu cueva
de la diáspora viva de tus ojos
también de tus labios y raíces
del sostén extraño del espejo
de la imagen
y el reflejo

De tu falta
y de tu pelo
de tus manos
y enredaderas
de las cinco de la tarde
azulejos y herrumbre
cuando duermes
besos
y paredes blancas de verano

De aquello que no sabes
y me cuentas
de lo que callas
y te guardas
de tu sueño
de tus piernas
de tu fuego
abierto al tacto
del deseo que no cubres
con tu nombre

De la llegada
de tu cuerpo
justo ahora
que sucedes.

Pizarra

Pizarra rota
rasgadura abierta
al cielo
horizonte vertical
y arriba
de un cristal
de ansiedad
y negro mate.

Pienso en tus ojos
trazados
de temblor y tiza líquida,
pienso
en tu eco
sobre la pizarra negra
y rota
de los cielos,
eres
tormenta y luz
de puro nervio,
posibilidad al tacto
que se asoma
entre la duda y la mirada
de tu pasaje incendiario.

Materia de examen

…Cinco formas estrictas
de trazar los desencuentros
o encontrar otras materias
de lo soñado,
esto será materia de examen
entra todo, tomen nota:
depositar una cuchara fría,
helada,
en la nuca de la persona amada
real e imaginaria
mientras duerme,
ensamblar las piezas
de un cuerpo troceado
un pollo
un gato
un conejo
llevarlo a la putrefacción
animado
con un mecanismo de relojería
sobre un soporte de madera
de 3×2,
recortar con tijeras de escuela
de puntas redondeadas
de mural de ciencias naturales,
el horizonte de un amanecer
o atardecer
y si la tristeza así lo exige
roben para ello material escolar
de niños en activo,
repitan su nombre
hasta perderse
y desanclarse
del sentido,
se exige la caída,
el peligro del no retorno
y la disolución ante el espejo.

Para ello se recomienda
una dieta estricta
y disfuncional
nada práctica,
ampliar
cualquier desubicación
inesperada
es una opción extra,
para subir nota
creen una construcción,
un castillo
de azucareros rellenos de sal
y especias de naipes picantes
como guindillas,
en suma,
bombardeen la cordura
lo práctico, lo amañado
lo delirantemente convenido,
sazonen
alteraciones al azar
en lo cotidiano
no siga la línea de puntos
no rasque y gane
no pruebe su suerte
no se saque carnets
ni acepte vales de descuento.

Eso es todo,
mañana traigan papel y boli plateados
el examen será a las diez
escribirán en el aire
a la altura de sus ojos,
traigan lo que puedan de ustedes,
no se admiten alumnos
ni calificaciones,
no habrá álgebra
ni parentescos.
Buena suerte.

Desde los ojos de un futuro

No sé por qué
pero ahora,
los recuerdos
ya no tienen prisa
y detienen
su paso ante mis ojos
y dejan allí
sus perlas rodantes
de cristal opiáceo
que se desprenden
con una intensidad
desconocida,
hunden
sus blandas gotas nacaradas
sobre mi corazón vigilante,
ahora un rostro
que susurra,
ahora una imagen
que se revuelve
y de alguna forma se queda,
pasa sin avisar hasta el salón
y ahí,
como un lento relámpago,
muestra
su flagrante nitidez
su momento ya perdido
su cuerpo que tiembla
de fantasma y carne leve
volteado al otro lado de los ojos.

¿Duerme alguna vez acaso
la mirada?
esos rostros
que
descansan
plácidos
ausentes de su ausencia
y de su luz en la memoria
se muestran
como si no tuvieran duda
y me hablan en presente
sobre un tiempo
que no sabe situarse
y se confunde
con la misma seguridad de aquel instante.

¿Dónde miran
los ojos
cuando miran hacia dentro?
Las varices de las piernas
de mi abuela,
mi madre dormida en el sofá
en un verano
una tarde de domingo,
o aquel amor,
abriéndome la puerta,
sus enormes ojos
oscuros
pidiéndome
de repente
en plena calle
que la quiera.

Y
como entonces
tiemblo,
no sé qué hacer
con todo ello,
no sé qué decirles,
y callo,
no les digo
que siempre vi
su ausencia
desde estos ojos del futuro.

Päijänne

Cuando el sol se inclina
las piedras ronronean
sobre su superficie,
la nieve del tacto
cede y hunde su horizonte
si imagino tu piel
desnuda.

Es cierto,
como mal escritor
tiendo a hablarte
desde lugares comunes
donde nunca estaremos.

Aquí,
solo,
a veinte grados
bajo cero,
entre la escarcha
de mis miedos
y la lluvia congelada
de las ramas secas
del Päijänne
pienso en
lunas de Saturno
en géiseres titánicos,
en toda
la vida subterránea
sedienta y térmica
que hay detrás
de tus
pupilas negras.

A Pauline

En un libro usado
en una tienda
un título: El titiritero polaco
de Theodor Storm,
dentro
en la primera página
un dedicatoria escrita con
ese temblor que recorre las letras
cuando son empuñadas por un viejo.

A Pauline,
debajo unas líneas
torcidas
sinceras
que desean lo mejor
para Pauline,
que disfrute de la imaginación
que la sostenga incólume
que la nutra
ante todo lo que venga.
A Pauline,
a la que el tiempo alcanzó
y de regalo ese libro
febrero de 1986.

A Pauline,
noviembre de 2016,
esa dedicatoria
que languideció
en alguna estantería
ha encontrado un lugar
en la mía.

Cuentos de Invierno

El cercanías se ha detenido
el manto de nieve
se extiende fuera
y el cristal empaña
el páramo plano y frío
de una tarde de noviembre.
Ahora que no hay prisa
por alcanzar el destino
me viene a la mente
no sé por qué
los cuentos que me contaba mi yayo
con las primeras penumbras
de invierno
allá lejos
en los fines de semana
del Cabanyal.

Su voz grave
roída por el tabaco negro
y áspera como la gravilla
era incapaz de adaptarse a la noche
y bajar su tono
narraba a plena luz,
narraba y narraba
hasta que el vecino golpeaba la pared
o la noche nos vencía.

Era su voz rotunda y firme
y desbordante de cariño
y eran sus relatos
de mares y barcos
de asnos y caballos
y de niños que vencían
contra todo pronóstico
y por un momento
a la aplastante carrera de la vida.

Por las mañanas mi yayo
estaba ausente
“no le molestes”
me decía mi yaya
“espera un rato.”
Algo le recorría desde su cigarro
y alcanzaba lo más profundo de sus ojos.
Yo creía,
era solo un niño,
que el culpable de su silencio
era el humo
y trataba de espantarlo con mis dedos.

El cercanías reanuda la marcha
“su billete, por favor”
y el recuerdo
pierde su presente
con la escarcha.