No sé si recordarás

No sé si recordarás aquel paseo
a orillas del río
las barcazas se oscilaban amarradas
y entrechocaban con el agua
y el olor a tierra que atardece
cuando es verano
en la humedad del norte.

Supongo que no,
no lo recordarás.

No te culpo
¿por qué tendrías que hacerlo?
Ni yo mismo sabría decirte de qué hablamos,
te lo juro, ni una sola frase,
solo retengo
aún
tu cercanía
la rabia infantil de darme cuenta en un instante
mientras hablabas
de haberme enamorado sin motivo
y sin futuro
de esa forma intuitiva y abierta de la entrega
que quizás por última vez mira tus gestos
a una edad en la que uno
teme ya
reconocerse en los fracasos.

Así que no,
no recuerdo
ni una sola de tus palabras,
solo te escuchaba en el ahí
en que haciéndote presente
a veces me incluías,
solo vi
todos tus gestos
tu mirada trémula
tu voz que se marchaba
río abajo con nosotros,
recuerdo los tirantes del vestido
sus finos dedos
flotando a veces con tu paso
y el olor a jazmín y verano
cayendo de tus ojos
sin mis manos
sobre tus hombros blancos.

Última sesión

Horario nocturno
último pase
en tu cine mudo
en tus ojeras de neurótica
en las palabras mudas
de tu cintura de celuloide
en el fotograma acelerado de tu ritmo
en el metraje prolongado tras tus ojos
grandes, inmesos
y en tu sombra frágil
escurridiza,
agotadora.

Por la noche y en las calles
por tu piel-pastel
de luna de Méliès
recorría una belleza
parpadeante,
de cine mudo,
bromuro de plata
en tus pupilas
y por tu nervio rápido
de luciérnaga
fácil, caprichosa
colérica, apasionada
que fluctuaba su luz triste
melancólica
proyectada otra vez
por puro azar
ante mis ojos.

No lo sabíamos,
pero aquella noche,
nuestra mejor noche,
resultó ser la última.

Fuiste cine mudo
chute de droga dura
de diva ardiente
material inflamable
de heroína de plata
selecta
solo conmigo
a tu manera.

Voces distantes

Ropa tendida
recién lavada en el balcón
y el calor plomizo
y lento
las ventanas abiertas
las paredes blancas
casi a las cuatro de la tarde
como en un cuadro de Chirico
con la televisión de algún vecino
en pleno tiroteo de far-west.

Por lo demás,
la casa calla
su terrible horizonte de soledad
y sangre lenta,
de vez en cuando,
mientras los demás duermen
yo entresueño,
tu voz distante
a veces
ronda cerca
sola
y
trémula
como un pensamiento.

CINEMA

Miradas gravitatorias
que hunden bajo el peso de sus ojos
la luz que les alcanza
miradas capturadas que nos desnudan
sin quererlo
que intentan sostenerse
buscando al espectador a contraplano.
El niño que pasa justo ahora
por una calle de Berlín;
es el año 1900 y sus ojos
miran a cámara
y sale de plano
y se escapa.

Miradas que distorsionan el tiempo del que parten
y traen con ellas una nostalgia extraña
como descompasada
como la de un oleaje herido y derramado
sobre la lona de un espacio que se hunde,
singularidades
desamparadas ya de vida
proyectos de futuros
que todavía miran directos a los ojos
y preguntan
“¿qué seré de mí?”
“dime algo”
“¿qué me espera?”
y solo podemos hablarles de una historia
que les envuelve y no les nombra.

La foto de los trabajadores de la fabrica textil portuguesa de Erice
a principios del siglo pasado
el recorrido por esos rostros
la fragmentación en primeros planos de su espacio
el sonido de un acordeón
sus miradas, sus vidrios rotos
la anciana derrumbándose en las escaleras de la mujer pantera
Jean Seberg cerrándonos el final de la escapada
sin saber que años después
se suicidaría
Eusebio Poncela vampirizado en Arrebato
por una super ocho
las vistas de ciudades de hace un siglo
Berlín, Londres, París, Ankara,
las cámaras fijas
Las Hurdes sin pan
los rostros cincelados
a golpes de luz y plata
a tirón de manivela,
los cielos en blanco y negro
y metal fílmico
los borrones del mar contra las piedras
rompiéndose en espuma
en Inglaterra
los obreros saliendo de la fabrica
y fuera de plano a sus presentes,
y los vídeos domésticos,
mudos
discontinuos
sobre colores de ensueño
sobre amores muertos
a la luz del proyector
que ponía mi padre
una vez al año
allá por diciembre.

Y aquellos rostros
que otra vez
se iluminaban
colgaban tendidos
y se hundían
sobre una sábana blanca
que sujetada con pinzas
bastaba para sostenerlas
a su paso.

El río

Vuelvo sin razón y de repente
a las aguas de aquel río
del que ahora sé que fue
el último verano
que conoció mi juventud,
estabas tú
entonces
inscrita en él y herida y joven
y tan callada
y cerca de sus aguas
que yo no podía
dejar de contemplarte
ajena como estabas a aquel cielo estampado
de mil moraduras y naranjas
que traía en sus variantes el verano
y el bosque repleto de promesas
de la tierra que atardece.
Pensé:
eres una cercanía que desconozco
un cubil de cerezas y de tierra
una visión que se derrama
en algo que
se pierde
justo ahora
y para siempre.

Y aquel cielo oscureció
y se vació
y estampó en la noche tu luz sobre mis ojos
que aún despiertos
te miraban.
Así se nos fue,
aquella ciudad
y aquel verano
dejándote conmigo a su manera
entre los ojos de sus cuervos,
el aroma de agosto
y la luz de luna llena abierta
en tu buhardilla.

Mientras tú
dormías tranquila
por encima del tiempo
y de las cosas
como el río que acostumbra a despertar
en presentes siempre vivos.
Dormías,
como lo hacen los recuerdos
cuando sueñan lo que son
y no saben de la sed
ni de sus aguas.

Materias inestables

Destellos en los ojos,
locura en ciernes,
han aparecido en el salón de mi casa
dos brumas flotantes
fangosamente líquidas
rotando en un punto de su centro
como tempestades reducidas de
planetas cerrados y minúsculos
de alta gravedad.

Rotan a la altura de mis ojos,
rotan sin cesar
y en ocasiones
desprenden de su boca de lobo
las estelas hambrientas
de su leche negra.

Pienso en mi cordura,
en que ha llegado el momento
así, de repente,
de ver cómo se aleja
para que irrumpa un imposible
al que habrá que sobrevivir
en este lado.

Flotan,
y el sonido de la rotación es sobrecogedor,
imagina las aspas de todas las demencias
juntas
condensadas en un solo punto
con la fuerza rugiente de Júpiter
y tu vacío inagotable.
Más que planetas,
pienso,
son dos cabezas de jinetes
enlutadas
con lo que nunca será escrito
que galopan pegadas
a las crines oscilantes de sus yeguas.

A veces,
los encuentro de repente,
aparecen a días,
sin criterio firme ni concreto
sin un indicador a que atenerme.
De aquel temido avance de locura
soy prudente,
un loco nunca sabe que lo está,
al parecer
por cómo me desenvuelvo
en la rutina y en los demás del mundo
de mi delirio anticipado solo dan fe
sus mensajeros:
esos dos púlsares flotantes
que se alzan en el salón-comedor
de otro piso de alquiler
a la altura de mis ojos.

Quizás me quedé a las puertas
de instalarme en el delirio,
a veces lo agradezco,
a veces lo lamento,
mientras
los observo rotar enfebrecidos
dos gotas densas y vivas se desprenden
de uno de ellos,
contorsionando
sus palpitantes tentáculos de tinta
como amantes de algo a ciegas
que no alcanzarán tu piel
todavía viva.

Luego,
despacio,
veo como
caen y vuelven
al frenesí rotatorio
de ese mundo licuado de posibles
del que se desprendieron,
de ese futuro que hay que arrancar
cada día
y que se parece tanto,
quizás demasiado,
a tus ojos
ya perdidos.

Furias

Aún celebro
tener sangre
que hierva
de vez en cuando
desde las entrañas
hasta el borde mismo del pecho
y de los labios,
celebro
las sacudidas en las sienes
que cabalgan el corazón
anegadas de ansiedad
y de impotencia.

Es lo más parecido a estar vivo
que tengo hoy frente al mundo,
y lo aprecio.
Cada mañana mal dormida
con tu nombre
cada ataque de furia y
celos de tus nuevos otros
que vendrán,
la cólera
anudándoseme en los dedos
entre la lucha
diaria y el cansancio.

Carne a carne
noche a noche
soy consciente
del adiós
y del desgarro,
nos quedamos
ya
sin tiempo
para todo
y la rebeldía interna de saberlo
y de querer el imposible de impedirlo
acelera hasta atenazar
el pasado reptante del futuro,
memoria contra dientes
dientes contra olvido
sueño contra insomnio.
Habitamos perplejos
unos más que otros
la soledad sin envoltorios
de esta carpa.

Aún estoy vivo
me digo,
al menos,
entre tanta
mentira y desencanto
queda esta certeza:
estoy vivo,
y aún a pesar de la improbabilidad
más absoluta
estoy aquí
arrojado al mundo
todavía,
y aún soy
capaz de odiar,
o lo que es lo mismo,
aún podría
amar
si encontrara
las ruinas incendiadas
de tu tierra
en otra tierra.

La cómplice

La madrugada se abre y muestra
las fauces de la angustia y de su asedio:
dos hileras negras y aserradas de colmillos
una boca oscura y acechante con los años,
así que hay que luchar
noche a noche
palmo a palmo
hasta hacerla compañera de la tierra
y sonreirle a veces
casi cómplice
como si fuera ese amor
que nunca estuvo
y desesperarla también,
un poco,
con victorias pírricas y efímeras
frente a sus fauces insaciables de futuros.

Y hay que mirarla a los ojos
cuando se pueda
y alzarle la náusea muy despacio
boca a boca a sus pupilas
para ganarse cada día su tregua caprichosa
golpe a golpe
cuerpo a cuerpo
y después,
llamarla a tu lado
por su nombre.
La angustia espera siempre en pie al silencio
y a la flaqueza de las horas
para vaciar de luz a sus probables,
así que
hay que conocerla un poco
y susurrarle
aunque solo sea para verla enfurecer
cuando le arrancas un brillo
y devoras su insomnio tumefacto
otra hora, otro minuto,
otro momento.

De algún modo se lucha
para no cerrar el mundo
todavía
a veces cuerpo a cuerpo
a veces con urgencia
y siempre
terriblemente solos,
tanto que,
hay noches en las que incluso ella misma calla
un rato
y duerme
preguntándose quién eres.

Miradla ahora,
es preciosa
y sin duda única,
dormida bajo su oscuro vestido
la nada tiene la piel blanca
y aún sin saberlo quiere
que el amor que quede en mí se imponga
y nos engañe sin motivo
callándole la falta de futuro
a esas fauces que esperan
tan hambrientas.

Obsesión

¿Cómo no obsesionarme contigo?
si la juventud se ha ido
y sé que no me amas,
si sé que ya no existes
y me ofreces en tu cercana lejanía
un borrador infinito de probables
una ansiedad de futuros
que desvelan lo real desde tu nuca
oscilando en tu flequillo
y en la delgada palidez de tu cintura.

Dime,
¿cómo no obsesionarme contigo?
si renuncié a la realidad
que no conmueve
y solo me sé ser
a través de la mirada
y de la luz,
si no soy yo
cuando soy
el que te mira
y espera que le mires
para sostenerse
en lo que tejes
cuando
al fin
por un instante
tus ojos vuelven
de allí donde estés
para mirarme.

Desprendida

Miré
la superficie
descarnada de la luna
y el velo cayó
sobre
la noche de verano

y entendí que
lo que tenías dentro
era un pedazo de luna
separado del mundo
y de las cosas
que ardía
con su luz líquida y perdida
proyectándose en tus ojos.

Todo esto
lo descubrí hoy
y sé,
que aún lejos,
lo sentiste
y que quizás nos tocamos
otra vez
con la forma de una sacudida
de una inquietud
y una tristeza
o de un giro
fugaz
que no se ciñó a nada,
un corte limpio
de aire de verano,
un suspiro
callado en el rigor
de lo que es ahora
tu rutina.

Pero
¿quién sabe?
quizás
fijaste
en ese momento
también y sin querer
tus ojos en la luna
como si se hubiera posado
una boca
a medio hablar
sobre tus labios

la luna como estandarte y madre
te reclama
y en tus ojos se prenden las llamadas
de su eclipse
y tu batir de alas heridas
todavía duda
del cuerpo de su fuga,
dos luciérnagas negras sobre
el bosque nevado
de la vida.

Fuiste,
sé que aún eres,
estés donde estés
y aun descontenta
y devorada
un trozo desprendido de la luna
que se sueña
y oculta
en la carne viviente
de tu fuga.