Río Seco

“Ha sido un día difícil
y la noche lo será aún más”
piensa
“y quién no los tiene.
Días difíciles”
dice,
así que abre otra cerveza
en la terraza
y mira el cielo claro
y abajo
a ese árbol viejo y solitario
que se enrosca sobre
el cauce seco del río.

La tercera cerveza
pasa
la cuarta lo hará pronto
y seguirá sediento.
El silencio comienza a oscurecerse
se queda al ralente del paisaje
que va cediendo
poco a poco:
“esas vistas son un pequeño milagro”
se dice
“inesperado”
añade
“en su maltrecha economía
de alquiler”
concluye.

“Es un día difícil”
piensa,
“quién no los tiene”
se dice,
pero
piensa también en la noche
y la teme
es uno de esos días
en los que se da cuenta
que el tiempo se agotó
pero que siempre podrá escribir
en su esfuerzo entrecortado
y nada más.
Y nada menos.

Es uno de esos días
que cada vez con más frecuencia
y menos disimulo
se agolpan en su puerta.

Teme la noche
el golpe sordo de su corazón
su despertar angustiado
cuando no duerma
y todo esté ya cerrado
para el sueño.

Anónima alegría

Déjame escuchar otra vez
cómo fue tu paso suave
tu caminar mudo hacia otras partes
sin alejarte nunca demasiado
y te diré cómo fueron
antes de que desaparecieran
tus contadas vueltas a llamarme
cada vez más espaciadas
y menos necesarias.

Déjame inscribirte
en esa extraña sensación
que tenía al escucharte,
que era
como de pérdida reciente
de un pasado repetido
en el presente,
y perdona que no te entendiera
demasiado bien
cuando

hablabas de esa soledad
sin prestar atención
a nada más que a tus tristezas
ocasionales
de niña grande
que se llama mujer.

Déjame
que me alegre
sinceramente
como nadie lo hará nunca
de que te vaya
“todo bien”
ahora que,
crees,
que
no estás
sola.

Y déjame
ahora que te escribo
sin nombrarte
mirar desde aquí
cómo fue la última vez de
tu perfil iluminado
por la luz esmerilante
de una sala de cine
o por la tercera cerveza
de tu risa
déjame,
en suma,
inscribirte como fuiste
para que seas en alguna parte
cuando estás
y no sucedes nunca
en la soledad de nadie que te escribe.

Respiraderos

Aunque no te lo dijera sabrías encontrar
estructuras de sentido sobre las que colgar
las prendas de la vida
la fascinación
y los cristales
abren los iris de ballenas
dilatan sus respiraderos
a prueba de presiones abisales
allá abajo
allá abajo.

¿Qué estoy diciendo?
¿qué hago?
¿acaso era esto el comienzo de un poema?
pretendía serlo, quizás,
pretensión
¿de qué?
¿de desalejar qué?

Tú que lees quizás lo sepas,
quiero pensar que ahí fuera
sabéis siempre lo que nunca sabré,
ya veis,
necesito depositar el sentido
en una fe orgánica
que se pudra y canee
y muera.
Podría ser la vuestra
¿por qué no?
un poema fallido
otro, sí,
no pasa nada
por anotarlo
a la lista del fracaso cotidiano
que tanto nos incumbe
y con el que hay que convivir.

Ya que de eso de existir
no pueden dar cuenta las palabras
o en todo caso solo el hueco
que hay en ellas,
habrá que seguir mirando
apasionado e impasible
a esa nada que discurre a través nuestro.
La nada puede hacerlo,
sí,
de hecho,
la nada que hay en ellas
en todos los posibles
en las mujeres que desamé
o en vosotros
que,
sin duda,
sabréis qué hacer conmigo.

Mientras tanto,
¿por qué no escribir otra vez
y para siempre,
así,
de repente?:

iris de ballenas,
-y añado
jorobadas,
como aquella que una vez
me regalaste
en miniatura-
respiraderos
posibles
allá abajo
allá abajo.

Promesas del Este

Una y otra vez
una y otra vez
sueños extraños
poblados de nieve
y portales grises
en calles nocturnas bajo cero
de ciudades tan lejanas
que no existen
al tacto de una mujer
de piel blanca
sin rostro
ni pupilas
que me pronuncia
y que no existe.

¿por qué?
¿por qué?
¿son estas las calles
de que hablaste,
es esto la patria del olvido?

y allí entre el frío
y el aliento
el engranaje huesudo
y cuarteado
de la vida
relincha y se astilla
al calor cercano
de sus labios,
como un mecanismo de anticitera
fuera de lugar
junto a su lengua
tan de carne y plumas
antes o después
de algún sitio
donde fuimos.

Tenemos las manos
en los bolsillos
del otro,
tiemblo
como un pájaro ciego,
bajo la luz nacarada
de farolas tenues.

Cuando despierto,
ella tarda en agazaparse
y retirarse
y las entrañas están
de nuevo
abiertas a su voz
y anegadas de hambre
y de posibles.

Después,
queda el aroma,
su abrigo oscuro
de sueños hápticos
y amor rojo
poblado de nieve.
Queda también
por un instante
un eco de piel blanca,
una promesa de nieve
despoblada,
una soledad
sin rostro
ni nombre
que me pronuncia
helada
y que no existe.

El navegante

¿Quién quiere ser astronauta cuando puede ser marinero?
por eso te dije:
ármate un barco, abandona la tierra y húndete en el azul.
Cada vez que me pedías
que te contara un cuento,
por favor, con la ventana abierta
para poder sentir el frío,
un cuento
de naves y peligros
de estrellas y otros mundos,
te insistía en que eras muy pequeño
para que te gustase tanto estar solo
con el frío y con la noche
y recurría a aquellos cuentos que ya no tenía
para decirte:
si quieres ser astronauta, sé marinero.

Te hablé de escafandras y de buzos,
de ballenas blancas y obsesiones
de soledad y horizontes
de garfios, velas, abordajes y piratas,
cómo no de piratas,
de krakens, tekelilis y de Verne
de tempestades y naufragios
de escorbuto y abandonos,
no te oculté nada
de la búsqueda de cosas que no vuelven
de cielos cerrados
de vientos y monstruos
y mezclamos con el frío
quién sabe cómo
corazones helados
a la conquista del Polo.

Hablamos siempre,
de las pausas
y entreactos
que te gustaban tanto como el frío,
te intrigaban esos momentos en los que nada sucedía
los que se omitían entre las aventuras
y quedaba solo el hombre
consigo mismo,
insistías en ellos,
y de ellos hicimos el lugar de lo vivido.

El “maelstrom” los llamabas,
vete a saber dónde habías oído esa palabra,
los descensos
al maelstrom,
no pudiste ser más acertado
y a ellos te aferrabas para poder viajar tan lejos,
así que les dimos rango de aventura
a esos descensos
y nos ocupamos
de lo que no se puede hablar
callando las esperas
a la ausencia empañada de los hombres
y a su fuerza
y así huímos con ellos
y encontramos tesoros
enterrados al lado de cadáveres
y galaxias oceánicas
y abismos de fondos sin suelo
como agujeros negros
de aguas turbias
de las que siempre regresamos.

Eras un navegante
no un oyente
y eras solo un niño,
un aventurero insaciable y de verdad
que supo antes que nadie
que allá donde haya un hombre
existirá siempre lo posible.
Deseabas poder crecer ya como querías,
ceñido a la ilusión del desencanto
de esas algas de mar
que se enredan aquí abajo
igual que en el espacio.

No sé si recordarás

No sé si recordarás aquel paseo
a orillas del río
las barcazas se oscilaban amarradas
y entrechocaban con el agua
y el olor a tierra que atardece
cuando es verano
en la humedad del norte.

Supongo que no,
no lo recordarás.

No te culpo
¿por qué tendrías que hacerlo?
Ni yo mismo sabría decirte de qué hablamos,
te lo juro, ni una sola frase,
solo retengo
aún
tu cercanía
la rabia infantil de darme cuenta en un instante
mientras hablabas
de haberme enamorado sin motivo
y sin futuro
de esa forma intuitiva y abierta de la entrega
que quizás por última vez mira tus gestos
a una edad en la que uno
teme ya
reconocerse en los fracasos.

Así que no,
no recuerdo
ni una sola de tus palabras,
solo te escuchaba en el ahí
en que haciéndote presente
a veces me incluías,
solo vi
todos tus gestos
tu mirada trémula
tu voz que se marchaba
río abajo con nosotros,
recuerdo los tirantes del vestido
sus finos dedos
flotando a veces con tu paso
y el olor a jazmín y verano
cayendo de tus ojos
sin mis manos
sobre tus hombros blancos.

Última sesión

Horario nocturno
último pase
en tu cine mudo
en tus ojeras de neurótica
en las palabras mudas
de tu cintura de celuloide
en el fotograma acelerado de tu ritmo
en el metraje prolongado tras tus ojos
grandes, inmesos
y en tu sombra frágil
escurridiza,
agotadora.

Por la noche y en las calles
por tu piel-pastel
de luna de Méliès
recorría una belleza
parpadeante,
de cine mudo,
bromuro de plata
en tus pupilas
y por tu nervio rápido
de luciérnaga
fácil, caprichosa
colérica, apasionada
que fluctuaba su luz triste
melancólica
proyectada otra vez
por puro azar
ante mis ojos.

No lo sabíamos,
pero aquella noche,
nuestra mejor noche,
resultó ser la última.

Fuiste cine mudo
chute de droga dura
de diva ardiente
material inflamable
de heroína de plata
selecta
solo conmigo
a tu manera.

Voces distantes

Ropa tendida
recién lavada en el balcón
y el calor plomizo
y lento
las ventanas abiertas
las paredes blancas
casi a las cuatro de la tarde
como en un cuadro de Chirico
con la televisión de algún vecino
en pleno tiroteo de far-west.

Por lo demás,
la casa calla
su terrible horizonte de soledad
y sangre lenta,
de vez en cuando,
mientras los demás duermen
yo entresueño,
tu voz distante
a veces
ronda cerca
sola
y
trémula
como un pensamiento.

CINEMA

Miradas gravitatorias
que hunden bajo el peso de sus ojos
la luz que les alcanza
miradas capturadas que nos desnudan
sin quererlo
que intentan sostenerse
buscando al espectador a contraplano.
El niño que pasa justo ahora
por una calle de Berlín;
es el año 1900 y sus ojos
miran a cámara
y sale de plano
y se escapa.

Miradas que distorsionan el tiempo del que parten
y traen con ellas una nostalgia extraña
como descompasada
como la de un oleaje herido y derramado
sobre la lona de un espacio que se hunde,
singularidades
desamparadas ya de vida
proyectos de futuros
que todavía miran directos a los ojos
y preguntan
“¿qué seré de mí?”
“dime algo”
“¿qué me espera?”
y solo podemos hablarles de una historia
que les envuelve y no les nombra.

La foto de los trabajadores de la fabrica textil portuguesa de Erice
a principios del siglo pasado
el recorrido por esos rostros
la fragmentación en primeros planos de su espacio
el sonido de un acordeón
sus miradas, sus vidrios rotos
la anciana derrumbándose en las escaleras de la mujer pantera
Jean Seberg cerrándonos el final de la escapada
sin saber que años después
se suicidaría
Eusebio Poncela vampirizado en Arrebato
por una super ocho
las vistas de ciudades de hace un siglo
Berlín, Londres, París, Ankara,
las cámaras fijas
Las Hurdes sin pan
los rostros cincelados
a golpes de luz y plata
a tirón de manivela,
los cielos en blanco y negro
y metal fílmico
los borrones del mar contra las piedras
rompiéndose en espuma
en Inglaterra
los obreros saliendo de la fabrica
y fuera de plano a sus presentes,
y los vídeos domésticos,
mudos
discontinuos
sobre colores de ensueño
sobre amores muertos
a la luz del proyector
que ponía mi padre
una vez al año
allá por diciembre.

Y aquellos rostros
que otra vez
se iluminaban
colgaban tendidos
y se hundían
sobre una sábana blanca
que sujetada con pinzas
bastaba para sostenerlas
a su paso.

El río

Vuelvo sin razón y de repente
a las aguas de aquel río
del que ahora sé que fue
el último verano
que conoció mi juventud,
estabas tú
entonces
inscrita en él y herida y joven
y tan callada
y cerca de sus aguas
que yo no podía
dejar de contemplarte
ajena como estabas a aquel cielo estampado
de mil moraduras y naranjas
que traía en sus variantes el verano
y el bosque repleto de promesas
de la tierra que atardece.
Pensé:
eres una cercanía que desconozco
un cubil de cerezas y de tierra
una visión que se derrama
en algo que
se pierde
justo ahora
y para siempre.

Y aquel cielo oscureció
y se vació
y estampó en la noche tu luz sobre mis ojos
que aún despiertos
te miraban.
Así se nos fue,
aquella ciudad
y aquel verano
dejándote conmigo a su manera
entre los ojos de sus cuervos,
el aroma de agosto
y la luz de luna llena abierta
en tu buhardilla.

Mientras tú
dormías tranquila
por encima del tiempo
y de las cosas
como el río que acostumbra a despertar
en presentes siempre vivos.
Dormías,
como lo hacen los recuerdos
cuando sueñan lo que son
y no saben de la sed
ni de sus aguas.